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miércoles, 24 de diciembre de 2014

Roja navidad

Este año, el árbol tiene tanta libertad, que puede estirar sus piernas con toda comodidad y no encuentra quién le estorbe, las luces, que le cuelgan, ahora opacas, ya no dibujan siluetas de papel roto ni gorros apresurados, sino que perpetuan las sombras de las solitarias guirnaldas en la sala vacía, con un agudo canto navideño que ahora se parece más a un quejido solitario que un soneto decembrino.

El piso de madera, se dedicará esta vez, a tiritar con el frío de diciembre, como tiritan los que ya no están, los que en vez de la madera de la sala, pisan otras latitudes donde la madera cruje más fuerte.

Y los cuadros de las paredes, han cambiado de paisajes, ya no ven crecer a los niños hasta ser adolescentes, y luego hasta ser adultos, ya no ven a los hijos ser padres y a los padres ser abuelos, ya no ven el tumulto de abrazos en el comedor, ahora, solo escuchan el desfile de llamadas telefónicas a destiempo, porque los que se van, viven y duermen y existen a otras horas.

Y la casa, se va cayendo a pedazos como mudando la piel, como mudando el alma, porque cada boleto de avión la arrebató un rincón, un portarretrato, un puesto en la mesa, unos zapatos atravesados, unos buenos días, un cómo te fue, un por dónde vienes, y lo que va quedando es la radiografía de la casa, unos huesos otrora fuertes y a los habitantes le quedan solo las historias y los álbumes de fotos, y la velita de los santos, y el rezo de medianoche.

Y el árbol, que ya maduró sus preocupaciones, se va dando cuenta, que pronto no quedará quién lo monte.

sábado, 20 de diciembre de 2014

Au revoir mon amour

Siempre la brisa fría en la cara mientras las llantas se iban tragando las franjas pálidas de la autopista nos atrapó, era lo único que logramos compartir, ese eterno estar huyendo de algo, de nosotros mismos quizá. Calamaro nos pareció el réquiem adecuado para aquel momento, aquella despedida tácita dónde nadie decía nada, pero los dos sabíamos que hacía adelante sólo había olvido y el coche seguía tragando kilómetros y kilómetros, acompasados por el perfecto soundtrack del reproductor que nos iba marcando los tiempos de la renuncia a los recuerdos borrosos, los tiempos del adiós. Aquella liturgia de despedida, aquellos besos mancos y cojos que se quedaron estancados en nuestros labios se despedían con pañuelos blancos que iban despuntando intermitentemente en la carretera delante de nosotros y Caracas a un lado, nos sonreía melancólicamente con todas sus bombillas naranjas consumidas por la oscuridad de la noche, titilantes y firmes.


Uno no sabe que un momento es el último hasta mucho después de que sucede, pero aquellos cigarros desgarrados por el viento que se colaba por las ventanillas sabían a eso, sabían como se supone que deben saber los últimos momentos; y el humo denso que se desaparecia rápidamente azotado por el viento era como nosotros, consumiéndonse en el frío y en la carretera, y en el requiém, y en la liturgía de comentarios desacertados que le daban a aquella despedida el toque fúnebre de toda partida sin retorno.


En el último tramo de la carretera, sin mirarnos a los ojos, porque cada uno sabía ya lo que había dentro del otro, con la certeza de conocernos los laberintos, decidimos en silencio y sin hablar, desconocernos y deshabitarnos y olvidarnos y decidimos ponerle punto final a ese deporte salvaje de mandarnos al carajo y empezar luego a preguntarnos cuando nos veríamos de nuevo, y asesinamos con un Au revoir mon amour  este ouroboros anatémico tras cerrar la puerta del coche.

Siempre dependimos de la lluvia que iba del suelo a al cielo o de los peces que fuman escalando montañas, y la garúa de esa noche, como siempre, cayó del cielo, y de los peces, qué les puedo decir, los condenados siguen sin fumar y no tienen ni la menor idea de qué carajos es una montaña.



miércoles, 29 de octubre de 2014

Como los viajeros que huyen esperan a los trenes

Es extraño
este vaivén de suspiros prisioneros
de dudas que sólo se sacan a pasear por las noches disfrazadas de arlequinesº
mientras los gatos escarban
el batiburrillo de rescoldos que dejó el día que se ha ido.

Son extraños
estos abrazos pabularios
estas miradas, adminículos que nos pronunciamos sólo por si acaso
por si un día se nos desancla el barco o se nos rompen las velas
y derivamos en el  añorado azul profundo de alta mar.

Es extraño
querernos sin respuestas
sin andenes
sin relojes,
sin mapas
sin brújulas
Pues no nos asediamos con preguntas
ni nos esperamos como los viajeros que huyen  esperan a los trenes
ni nos buscamos, ni nos marchitamos con el tiempo porque el tiempo no nos pesa
sólo tenemos hoy, ayer tuvimos hoy y mañana tendremos hoy también.

Hoy nos encontramos y nos sobran hoyes

los clichés nunca caen mal a las nueve con treinta y dos.

Los monstruos de ojos achinados

La sombra escondida en la esquina,  tras los olvidados muebles, se achica y se agranda sujeta al deseo caprichoso de la luz, que va y que viene, que viene y que va, y se escuchan los crujires clandestinos y misteriosos en las sombras, clamores temerosos proveniente desde la profunda oscuridad en la esquina abandonada de la habitación, y cruzan los haces de luz desesperados los kilómetros de sala hueca a darse lucha secular, perenne e infinita, con cada molécula de oscuridad, cada necia partícula de oscuro que se aliena para sobrevivir… Cada claro, cada oscuro,  cada tenue claroscuro sobrevive a la magnífica batalla, a los relámpagos danzantes, y las criaturas oscuras, transfiguradas en monstruos de ojos achinados, de a momentos florecen y salen a la luz a quemarse la piel, la remera, los párpados y el alma, a estrellarse en las ventanas como lluvia, a habitar los jarrones sin flores y las alfombras sin huellas, a morir iluminados y ciegos parados última y definitivamente sobre su propia sombra.

lunes, 14 de julio de 2014

Entre el alma y el hambre


José Henrique García





“Evitar que naufrague su corazón de barco”
Armando Tejada Gómez





Ese día salí más temprano del trabajo, apenas alcancé la puerta me desabotoné ligeramente la camisa de fuerza, la que me asfixia a diario en horario de oficina, estaba un poco sofocado por la rutina. Abrí camino hacia el bulevar que casi a toda hora está concurrido y lleno de rostros apurados. Cuando uno atraviesa el bulevar es difícil saber si se va hacia atrás o hacia adelante, viene gente de todas las direcciones y sentidos, no hay derecha ni izquierda, simplemente somos todos caminantes, caraqueños, no hay ida, no hay vuelta, solo una inercia gigante de una multitud en movimiento que no se detiene por nada. Era temprano, así que cuando entré a la estación del metro no había mucha gente, me ubiqué en las escaleras eléctricas y sin el apuro habitual, gracias a que salí antes de la oficina, me dejé llevar por el taconeo metálico de las escaleras. Mientras me dejaba descender iba repasando en mi memoria los problemas de ayer, de hoy y posiblemente los de mañana, de manera asombrosa siempre me alcanzaba el trayecto para generarme una o dos fantasías que me diesen un poco de fuerza para sobrevivir el ceniciento viaje de regreso, me ficcionaba en un mejor trabajo, o con un ascenso, viviendo en otro lado, me ficcionaba sin la prisa de las facturas y el quinceyúltimo, pero todo eso se acaba luego con el impacto final que daban las escaleras al terminar su recorrido. Pero la ficción subterránea no es solo cosa mía, el metro es un sitio donde a diario la imaginación de muchos caraqueños vuela como medio para llevar a la mesa un trozo de pan caliente, en otras palabras, los carajos se inventan para sobrevivir; como no les gusta trabajar inventan cuentos chinos para sacarle un par de billetes a los que sí lo hacen, pero muchas veces todo es mentira, y esto se ha vuelto diario en ese laberinto subterráneo, es como un juego dónde el pasajero se resiste a dejarse convencer por el pedigüeño de turno aunque a veces no hay resistencia alguna, sino la paradójica mansa costumbre de que al que está pidiendo hay que darle para el pábulo. 



La estación de metro queda a unos pocos pasos del sitio dónde trabajo, así que suelo usarla a la misma hora cada día y reconozco a algunos de estos actores, muchas veces son los mismos rostros con diferentes personalidades. El lunes, por ejemplo, estaba la señora llorando por la enfermedad de su hijo a quién, por falta de dinero y de medicinas, no podía darle tratamiento, y el martes, esta misma señora era la madre de un inocente caraqueño atravesado de lado a lado por unas balas imprudentes, víctima de la mala suerte y la casualidad. Cosa que seamos francos, no es nada imposible, si hay algo que abunda en esta ciudad es la escasez y las balas ebrias, el plomo pues, tropezándose por allí con cuanto intestino mal ubicado se encuentre. Por otro lado, estaba el joven muchacho de la larga cabellera que tuvo sida la semana pasada, esta semana tiene diabetes y recuerdo haberlo escuchado diciendo que lo habían robado y necesitaba volver a Valencia, su hogar, en otra oportunidad. Infinidades de historias y de personajes con las que cualquier caraqueño subido al metro podría verse reflejado. Los vagones se convierten en una suerte de tablado, de teatro, en el escenario de múltiples representaciones a cambio de “lo que Dios ponga en su corazón”, porque eso es lo otro: para colmo meten a Dios en el peo.




Como con muchas otras cosas en este país, ya perdí la capacidad de asombro, y es que de bolas, si a cada momento escuchamos las mismas cosas, ya lo que queda es no sorprenderse; de paso estoy cansado de ver cómo los actores se cambian las máscaras día tras día pero siempre son las mismas voces. Confieso, que he llegado al punto en que si alguna vez aflojo el sencillo que llevo en el bolsillo de la chaqueta es porque sin duda el performance fue magnífico, tremendo. Y de verdad pasa, a algunos actores la vaina les sale del carajo y casi termino sintiendo dolor por el hijo que no existe o las balas que no salieron nunca del cañón.




Seguí mi recorrido desde las escaleras, pasando por los torniquetes hasta que finalmente llegué abajo, al andén. Estaba parado a unos pocos centímetros de la famosa línea amarilla, esa que no puedes cruzar para que no se te someta al escarnio público de los altavoces. Traspasarla significa una violación a las leyes y te hace merecedor de un llamado de atención que te pone en evidencia ante la multitud. Igual a la gente no le interesa, digo, aquí uno camina y ve algún atraco, un muerto, o lee el periódico y ve que el Ministro Buenapanza se robó no sé cuantos reales del Estado y nos parece normal, qué coño importa que un pendejo se pase la línea amarilla. Ah, excepto cuando ese pendejo se lanza a las vías y el metro lo vuelve nada, ahí sí importa porque todos llegamos tarde a casa y la vaina se vuelve un culo, pero mientras no nos joda, si el tipo quiere correr en la línea amarilla y hacer salto ornamental en ella ese es su peo, lo mismo pasa con el fulano Buenapanza, si no se roba nuestro sueldo…




Finalmente empecé a sentir la ráfaga de viento empujado por el tren que ya se empezaba a escuchar a lo lejos, y cuya luz fue poco a poco despuntando al final del túnel, acercándose cada vez más el galope del roce entre la máquina y los rieles, acercándose y reduciéndose, hasta que con precisión matemática dio el último suspiro y clavó definitivamente los frenos con la puerta delante de mí. Había muy pocos puestos ocupados y como estaba vacío el vagón el aire acondicionado funcionaba mejor, estaba bastante fresco y me senté a mitad de camino entre puerta y puerta. Un par de estaciones después vi a lo lejos a un muchacho que presumí tenía intenciones de subirse al tablado e iniciar la función, pero a medida que se vino acercando empecé a dudar muchísimo. En mi percepción lejana pensé “un muchacho”, pero a medida que se fue acercando fui simpatizando con su imagen y luego de muchacho pensé “es un niño”, y luego de niño pensé “es un chamito”. Creo que no tendría ni doce años todavía, la piel se le veía curtida como quien ha tomado muchas siestas en el helado pavimento, como quién ha pasado muchas noches a la intemperie, el cabello hirsuto, oscuro, las manos duras, con cicatrices, llevaba unos zapatos que apenas separarían la planta de su pie del piso dónde la piel constantemente se besa con el pavimento, unos zapatos para vivir la vida de cerquita, los zapatos de alguien que ha caminado mucho o que más bien, se ha pasado la vida huyendo. Y con toda esta dureza, todo lo pétreo de la calle dibujado en él, en sus manos, en sus cicatrices, con toda esa murria ensañada en colgar de su cuello, de su cuerpo, ese cuerpo que representaba su existencia terrenal, aún podía verse algún atisbo de inocencia en sus ojos, o así me pareció, algo que cuando menos era inefable . Iba caminando de puesto en puesto repartiendo estampitas de Jesús que al reverso traían una oración: para el desesperado, para el enfermo, para el inseguro; me pregunto si habría entre esas tantas plegarias una dirigida a los niños de la calle, sin pan ni techo, seguramente no, qué mierda tener que salir a ganarse el pan a base de un Dios que hace rato se olvidó de uno. El chamito iba, con su paca de estampitas en la mano colocándolas de a una en una en las rodillas de los pasajeros, siempre mirando al suelo con la mirada perdida de a quién Dios se le ha escondido, nunca haciendo contacto visual con los posibles clientes, un acto verdaderamente admirable, imagino que no quería restringir la venta a la lástima o a la compasión sino simplemente a la fe o a la potencia de la oración, la verdad no sé. Capaz el sardónico azar, sus días aciagos o el destino ciego con todos sus infranqueables muros de hambre y frío aún no había logrado derrotar su timidez de niño..




Dejó en mi rodilla una estampita, tal cual como lo hizo con todos los demás hasta que recorrió el vagón por completo, siempre sin hablar, quizá porque no supiera hacerlo o quizá porque en su inocencia pueril aún no desfigurada por la inclemente realidad simplemente no tenía nada sincero que decir, el negocio era sencillo: por unos varios bolívares podías llevarte a casa un poco de fe. No había trucos, no había historias y en ese momento no hizo falta siquiera levantar el telón. Tenía en mi bolsillo un llavero que varios cumpleaños atrás me habían regalado, era un pequeño carrito de metal cuyas ruedas rodaban de verdad y lo saqué, lo sostuve entre mis manos mirándolo fijamente como con hambre, como renunciando poco a poco a él, a él que significaba un trozo pequeño de la poca niñez que sobrevivió en mi a través de los años, de los problemas, del trabajo y de la incoherente vida adulta. Ese llavero que día a día paseaba de mi mano a mi bolsillo siempre como algo anodino y olvidado de pronto cobró una trascendentalidad maravillosa. Lo saqué de la argolla del llavero, se conservaba aún bastante nuevo considerando los años que tenía. Lo coloqué en mi rodilla izquierda, y en la otra rodilla puse un billete con la cara demacrada de Simón Rodríguez que superaba por mucho el costo de la estampita que conservaba en mi mano. El chamito emprendió su viaje de vuelta recogiendo las estampitas o canjeando por dinero las que resultaron vendidas, siempre viendo hacia abajo con la murria bien sujetada al cuello colgando sobre su pecho, siempre en silencio, concentrado, hasta que de pronto se encontró conmigo y su semblante cambió de golpe. Me miró confundido y con sus ojos opacos y marrones trianguló su mirada entre mis ojos, el billete, el carrito, como quién está contra la espada y la pared, entre el alma y el hambre. Dejó de mirarme y sus ojos empezaron a debatirse entre el verdor del billete que representaba unas varias estampillas, la incoherencia de su forzosa vida adulta, y aquel carrito metálico que era pan caliente para su pequeña alma de niñez desahuciada. Vacilaba pensando cuál de aquellas antípodas llevarse consigo. Nos estábamos acercando a la próxima estación y finalmente tomó una decisión: tomó el billete.



*Nueve Reinas - Película argentina.

Lo vi caminar directo a la puerta y plantarse delante de ella sin sujetarse a nada cuando el metro dio el frenazo final, pero volteó, volteó como quién mira hacia atrás y se arrepiente, volteó y me miró y vi como sus ojos se llenaron de brillo, de fábulas, de sustancias coloridas, de niñez robada, y en un intento por impedir que su corazón de barco naufragase, tomé el carrito aún en mi rodilla y con un gesto lo extendí hacia él, quién de inmediato corrió incrédulo y tan feliz como nunca había visto a nadie, lo tomó de mi mano y tras el pitido final del metro atravesó la puerta que se cerraba y desapareció entre la gente.




No era un actor, era como yo, otro simple espectador.







*Escena de la película argentina "Nueve Reinas", dirigida por Fabian Bielinsky en la cuál me inspiré para escribir el cuento.

miércoles, 23 de abril de 2014

Chuito la Cosa y el Dinero.

**

Mi tio Humberto siempre dice que el diablo sabe más por viejo que por diablo y yo pensé que entonces era demasiado diablito porque sabía muy poquito, y eso explicaba porque Alejandra, o sea mi mami, vivía regañandome. Un día la profesora llevó a sus dos hijos pequeños a la clase, apenas caminaban y todavía llevaban la chupa en la boca y nos pidió saludarlos, a lo que yo le contesté que no tenía sentido porque eran un par de diablos que sabían muy poquito. Como que no le gustó y terminé en la oficina de la directora; como que mi tío Humberto es más diablo que viejo, pero bueno, qué regaño que me dieron.


Mi mamá, o sea Alejandra, trabaja mucho y muy duro, según me dice mi tía  Sofía que siempre me cuenta lo buena que es mi mami y lo malo que era mi papá. Alejandra se para a las cinco todos los días para hacerme el desayuno y las meriendas para el cole y cuando está todo listo me para de la cama a las 6 aeme, como dicen ellos; por cierto nunca entiendo todo el asunto con el reloj, sólo sé que si son las seis y tienes sueño entonces son las seis aeme y si son las seis y puedo ver tv son las seis peeme. En fin, a las seis y media aeme ya estamos saliendo y a las siete me está dejando en el colegio, luego de eso no la vuelvo a ver más hasta que llega cansada por la noche a hacerme la cena, mandarme a la cama sin leerme un cuento y hablar muchísimo por el celular. No tenemos mucho tiempo para hablar porque no me gusta fastidiarla, debe estar muy cansada si trabaja tanto como dice mi tía Sofía y además a veces le da el estrés, pero no entiendo bien, el tio Humberto dice que en este país la gente trabaja mucho para nada o para que en la calle te quiten lo poco que tienes, así que de pronto debería trabajar un poco menos y llevarme más al parque.


A veces termino molestando sin querer a Alejandra, osea mi mami; la semana pasada volvieron a llevarme a la dirección pero no se asusten que esta vez no golpeé a Pablito, ah que duro que le di lo hubiesen visto, pero ya está bien, no se ha vuelto a meter conmigo, de hecho Pablito ahora es como mi amiguito. El día antes de que me llevaran con la dire prendí el televisor a las seis peeme para ver un poco de cartun netguors pero estaba en el canal de noticias, ese que mi tío Humberto dice que vuelve loca a la gente, y que mi tía Sofia está viendo siempre que voy a su casa, saben el del globito. Escuché que entrevistaban a una señora, en verdad a varias señoras que iban a caminando por la calle y todas dijeron que “la cosa estaba difícil” y que el dinero no les alcanzaba. Yo, que soy muy diablo no sé ni qué es la cosa ni qué es el dinero, pero siempre escucho a los adultos decir que esperan que “la cosa mejore” o que “la cosa va a estar pelua el año que viene” y me confundo, ahora la cosa  no sólo esta mal y tiene que mejorar sino que tiene pelos, y también andan quejándose sobre el dinero todo el tiempo, imaginense debe ser que no tener dinero es como tener un dolor muy fuerte, a mi me duele la barriga a veces y no lo digo por la televisión. Como Alejandra, o sea mi mami, llegó muy tarde ese día y yo ya me había quedado dormido decidí preguntarle a Pablito el día siguiente acerca del dinero y la cosa, y así lo hice. En la hora del recreo cuando estábamos jugando a las canicas le pregunté. Pablito me dijo que el dinero era algo que uno le daba a la gente a cambio de algo que ellos tuvieran y uno quisiese, es decir, que si queríamos algo de alguien lo cambiábamos por dinero y que la cosa era simplemente el humor de los adultos, si tenían dinero entonces estaban felices y la cosa estaba bien. Pensé que después de todo Pablito no era tan diablo como yo creía y luego de que aprendí me sentí un poco más viejo, que bueno mi amiguito Pablito pero qué duro que le di.


Más tarde no entendí nada nadita de lo que pasó, una niña de tercero más grande que yo se me acercó al final del recreo y me dijo que era lindo, no sabía qué hacer, qué rojo que me puse eh, como la quetchup y luego dijo que quería darme un beso. En ese momento respiré tranquilo y pensé qué suerte que tuve eh,de que Pablito me enseñara qué era el dinero, pues le dije a la niña que no podía besarla porque no tenía dinero que darle a cambio y ahí mismito que terminé de hablar PAMMMMM me propinó una cachetada que casi me deja mirándome a la espalda y se fue corriendo, esto debe ser lo que dice mi tío Humberto que los adultos llaman elcarman, que cuando haces una cosa la vida te la devuelve, pero no fue fue la vida sino la que qué duro, qué duro que le di a Pablito. Así fue como terminé de nuevo en la dirección cuando unos minutos después regresó la chica enfúrica con su profesora y preguntando por mi.

Con razón los adultos dicen que la cosa está siempre mal, y es que si no tienes dinero qué duro que te dan. Qué loco.

Chuito y el bombero boxeador que usa zapatos de cuero

 
*  
Estábamos como a tres cuadras del colegio y durante el recorrido mi mami había estado callada y se veía que estaba molesta. Hasta que por fin empezó a hablar y a preguntar cómo era posible, que si eso era lo que me había enseñado, qué vergüenza, decía, no vas a ver TV en todo el fin de semana, decía, ya no iremos a la playa con tu tía Sofía y así iba hasta que se le agotaban las maneras de castigarme. Mi mami era así cuando estaba molesta y decía muchas cosas, mi tío Humberto dice que eso le pasa a toda la gente grande cuando tienen muchas cosas en la cabeza y las dicen sin pensar porque sentían algo que el llama el estrés. El estrés es lo que los adultos sienten cuando quieren hacer más cosas de las que pueden, mi mami está siempre trabajando y siempre tiene que cuidarme y debe ser por eso que le da el estrés, porque debe ser difícil ser mi mami y trabajar al mismo tiempo. El tío Humberto me dijo que si a mi mami le daba el estrés me calmara y hablara como un adulto y que eso iba a ayudar a que el estrés se le fuera. Así que le dije «Alejandra, deja el estrés. No estás pensando lo que dices» porque los adultos no dicen ni papi ni mami sino que llaman a la gente por su nombre, pero parece que no resultó, Alejandra, osea, mi mami, me mandó a callar y me pidió que le explicara exactamente lo que había pasado, yo le dije que si me callaba no podía explicárselo y me gritó que terminara de explicarle.
Así que les cuento. Cuando aún no terminaba de hacer mi muñeco de plastilina sonó la campana y todos los niños empezaron a pararse para ir al patio del recreo. Yo era el único que no había terminado su muñeco y me sentía mal, los demás chicos habían hecho unos papás gigantes de plastilina y hasta les había dado tiempo de construirse ellos mismos, más pequeños, tomados de la mano de su papá. La maestra nos había pedido hacer unos muñecos que se pareciesen a nuestro papi y luego poder regalárselos el día del papi. A mí me costó mucho empezar, digo, mi mami, o sea Alejandra, dice que mi papá se fue de la casa cuando yo estaba muy pequeño y por eso no había escuchado acerca de él, y siempre que mi tía Sofía estaba presente me decía que  no me había perdido de nada porque ese señor era un mentiroso. Mi mamá me dijo una vez que era bombero, pero mi tía Sofía me dijo que mi papi no trabajaba y nunca hacía nada, así que no me decidía entre empezar con unas botas de bombero o ponerle zapatos de gente que no trabaja, y como mi mami dice que los políticos que salen en el televisor no trabajan, terminé poniéndole unos zapatos de esos que brillan mucho porque se pulen todas las mañanas, como los que usa el señor del bigote en la televisión.
Para cuando terminé los zapatos empecé a recordar que mi tío Humberto me había dicho que mi papi jugaba al fútbol los domingos, así que quizá era un gran futbolista y estaba muy ocupado, y por eso tuvo que irse de la casa y para que mi mami no se molestara le mintió, como dijo mi tía Sofía. Así fue cómo decidí qué pantalones usaría y le puse los pantaloncillos del Caracas FC, aunque no sé si mi papi le iba al Caracas FC o jugaba en el Caracas FC, pero como a todo el mundo le gusta imaginé que a mi papi también le gustaba. En ese momento sonó la campana y todos los niños comenzaron a pararse a para ir al recreo.
Cuando llegué al patio pasaron unos minutos o unos segundos, no sé. Humberto, o sea, mi tío, dice que el tiempo a veces pasa lento y a veces pasa rápido según nos estemos divirtiendo o no, y como yo me estaba divirtiendo mucho en el columpio me imagino que pasaron unos segundos. La cosa es que cuando estaba en el patio del recreo, en el columpio y pasaron unos segundos venía la profesora con mala cara a buscarme y me tomó fuerte de la mano y me jaló, llevándome a cuestas. Supe que estaba molesta porque cuando al fin me soltó tenía la manito roja y lo hizo justo en frente de la puerta de la dirección del colegio.
Ah, pero es que justo cuando terminé de hacer los pantaloncillos de mi papi y sonó la campana, me quedé sentado pensando en que quería terminar mi muñeco, como todos los demás, y la maestra se me acercó y me pidió que fuera al patio y salió del salón. Pero en eso, vino Pablito, se me acercó y tumbó lo poco que había terminado de mi muñeco y me puse muy bravo, o cómo diría Humberto, o sea, mi tío, enfúrico. Y le pregunté que porqué lo había hecho, y me dijo que no me preocupara, que de todas formas no tenía papi a quién regalárselo el día del padre.


Y le propiné un derechaso en el ojo, y le dije que mi papá había sido boxeador, y me había enseñado a golpear a los niños que se metieran conmigo. Pablito quedó tendido en el piso del salón y yo fui a columpiarme al patio del recreo.


Ya saben el fin de la historia, y bueno, Alejandra, o sea, mi mami, no habló más nada el resto del camino luego de que se la conté. Incluso me dejó ver el TV y fuimos a la playa con la tía Sofía.