Al paso de los elefantes
José Henrique García
Se me olvidó cómo son las ovejas
Luis Enrique Belmonte
Se vive tan poco cuando uno se acostumbra a la madrugada, que ni se vive ni se sueña; Mientras no dormimos, esa vigilia de madrugada, es más bien un estado de detención que sabe al televisor encendido y huele como al silencio de los grillos, por eso es tan malo acostumbrarse a ella y a los párpados pesados que no se cierran, el tiempo sigue, pero no pasa nada; como si la noche durara “una hora” muy larga.
Una noche me dio por pensar que la vida, toda, era un sueño, y que algún día me despertaría en una cama que no era mía para vivirla, bajo un amanecer de nuevosoles confusos donde por fin entraría en contacto con la verdadera realidad; siempre pensé que al despertar no entendería nada, sería un niño quizá o un anciano, y emprendería un nuevo viaje a través de otro tiempo, de otra vida, de otros sueños, que probablemente tampoco comprendería. Me enfrentaría a un círculo interminable: el anciano se dormiría una noche, después de muchos años y despertaría luego en mí, de nuevo, para sentirse confundido y no entender y cuestionar, y así sucesivamente. Hasta que un día el anciano o el niño o yo nos encontremos con el final del camino y el corazón se nos quede sin cuerda, los sístoles sin diástoles y alcancemos al fin la noche mil y una, el fin de los días, y entonces, y solamente entonces nos convenzamos de cuál era el verdadero sueño y cuál la verdadera realidad.
Pistoladas de insomnes.
La madrugada nos absorbe, receptiva como una esponja griega, nos roba de a poco la luz del sol, el calor del día, el mundo real -¿el soñado?. En esas noches de insomnio, de inopia, de observar las ventanas, el crujir de las paredes, podemos ser quién queramos, cómo queramos, quitarnos la máscara y escuchar lo que de verdad tenemos para decir, vernos al espejo sin la parafernalia de la rutina, dar saltos entre nuestros paralelismos, entre sueño y realidad, realidad y sueño.
Pero a qué precio.
Cuando nos aislamos en ese mundo de eterna media noche, de alguna manera nos separamos de la realidad, nos desprendemos de lo cotidiano y nos ensimismamos. De alguna manera renunciamos a los otros y nos quedamos recónditos e inaccesibles durante el día -el poco día que nos queda luego- como piedras en el agua: secas por dentro. Sin embargo, a pesar de esta dureza, esta naturaleza pétrea, el agua ha calado en mí, la piedra a mi alrededor paulatinamente se ha vuelto permeable, las esquinas han dado a luz intersticios y filtraciones, la piedra se ha vuelto una membrana, las paredes de mi habitación, permeables.
En mi edificio las paredes entre los pisos son bastante finas, de madrugada puedo escuchar con claridad las voces en el piso contiguo, si presto mucha atención incluso los pensamientos. Mi cuarto está al lado del cuarto de Nina, la vecina; tiene unos años menos que yo y de noche siempre le escucho los pasitos de gata de un lado al otro. Hoy me encontraba sentado en el alféizar de la ventana mirando un par de vagabundos que compartían una botella de aguardiente, pensaba en cuántas veces había sido egoísta con los demás teniendo tanto más que ese par de pordioseros que en su escaso haber sólo tienen esa botella de licor de tapa roja, guardada en esa bolsa marrón, ese recipiente que les compra el olvido, les disimula la miseria y que les es escasa, porque cobre para comprar otra no tienen. Sin embargo lo compartían, eran amigos, hermanos, pareja, compañeros de vida, qué sé yo, capaz algo más que eso, algo que yo no soy capaz de comprender.
Y el agua calaba.
Tiré el pucho por la mitad y apenas unos segundos después de haber caído en el basurero, uno de ellos (el más viejo) lo recogió, y eso también lo compartieron. En eso escuché la voz de Nina, estaba al teléfono y se puso a la ventana. Me escondí rápido para que no me viera y poder escuchar, después de tantas noches estaba aburrido de mis propios pensamientos, me pareció llamativo escuchar los de ella.
Empezó normal la conversación, Cómo estás, Bien y tú, Llegando del trabajo, bla bla bla. Se puso interesante unos minutos después, cuando Nina recibió una noticia de la voz en el teléfono y terminó rompiendo en llanto. De tanto en tanto me asomaba para verla –teniendo cuidado de que no me viera. Era tercera vez que un novio la dejaba hecha trizas, llorándole al farol naranja del callejón y al cielo sin luna ¿hay algo más triste que un cielo sin luna? Lo curioso era que antes la escuché decir lo desgraciado del amor, una y otra vez la escuché llorar y de nuevo enamorarse. No había pasado un año antes de llegar con el nuevo novio y presentárselo a la abuela, y así, un ciclo: enamorarse, maldecir, enamorarse - soñar, despertar, seguir soñando.
Yo no era capaz de comprender el amor, tampoco era capaz de comprender a Nina. Después de haberse dado tanto golpe, de cambiar una piedra por otra, insistía e insistía. Y los mozos eran todos unas joyas, uno la dejó plantada el día de su cumpleaños, pero lo arregló luego con un par de flores arrancadas de un jardín ajeno con una notita y Nina fue feliz; otro simplemente desapareció y la sinfonía de mocos y llamadas telefónicas la escuché toda esa noche ¿me estaba perdiendo de algo? ¿Es tan bueno el amor ese que apenas a uno se le curan los huesos rotos se quita los yesos y corre a montarse en él de nuevo? Yo no lo sé, tuve una sola novia y me dejó por mi mejor amigo, desde entonces me quedé sin novias y sin mejores amigos. A lo mejor por eso me refugié en los espejos y las madrugadas.
Pero el agua calaba.
Sentí un momento envidia por Nina, qué coraje, qué bravura, luchar contra el fulano amor ese que se disfraza de cualquier cosa y de cualquier voz, que se pinta de colores, de aromas, de frases, de ese amor que te vacía las tripas y te llena el tuétano. Era un cobarde y me di cuenta esta noche, aquí en la ventana.
Prendí el televisor, daban las tres y algo, estaba a medio volumen y pasaban un video de Fito Paez… «nadie puede ni nadie debe vivir sin amor» decía. El loco era yo entonces, era yo quién evitaba hacerse daño con las piedras del acantilado; esa caída veloz y emocionante, con un viento que te acaricia cada partícula del rostro, que hace temblar tu piel como tiembla la tierra al paso de los elefantes, era magnífica, deslumbrante, te llenaba el estómago de un nosequé frío, pero al final siempre están las piedras y para cuando caes el impacto no te deja disfrutar las olas, se convierte uno en alimento de gaviotas. Mientras ellos lo buscaban apasionadamente para lastimarse una y otra vez y ¡joder!, sentía que el loco era yo.
Aún así, el agua calaba.
Por primera vez quise romper el silencio, corrí a la ventana dispuesto a cruzar unas palabras con la vecina llorosa de ojos tristes, la que moría por un valiente cuerdo que empecé a imaginar en mi cabeza. Saqué medio cuerpo por la ventana y ya en la suya no había nadie, las luces estaban apagadas. El vagabundo me hizo una señal de salud levantando la botella con lo que quedaba dentro y empinando el codo para bajarse el último trago. Se acomodaron espalda con espalda y cayeron dormidos. Seguí despierto, solo y nunca había deseado tanto un trago de aguardiente. Capaz por ello insistían tanto en el amor, por lo bien que se duerme y lo mucho que se sueña cuando uno está enamorado ¿de qué estarían enamorados los vagabundos? ¿de qué se enamora uno cuando no tiene nada? cuando cada detalle cuenta, cada segundo, cada comida, cada colilla de cigarro que llueve encendida del cielo, cada Nina en una ventana olvidada, cada lágrima. Capaz era yo el que no tenía nada, porque aunque tenía almohada, cama, techo, una caja mágica que me cantaba canciones tristes a media madrugada, tenía libros con mil y una historias para olvidar mi propia pena, con cientos de máscaras para ponerme cada noche cuando me arrancara la mía del rostro; todo lo que un hombre que huye del amor puede tener, pero no tenía sueño...y el agua calaba.
Al día siguiente me levanté temprano para ver a qué hora salía la vecina.
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