Este
lunes no amaneció de golpe, amaneció silente y con las calles vacías como los
espíritus. Se escuchaba a lo lejos la nada y el viento que ondulaba con la
parsimonia habitual de los lunes traía consigo decepciones nefastas, sustancia oscura,
combustión patria. Se escuchaba como se
resquebrajaban las almas y los ideales, cómo se consumían las energías
luchadoras en una unísona y coral explosión silenciosa, que sólo unos
venezolanos escucharon, sólo unos, no todos.
No
amaneció de golpe, amaneció de luto, por una bandera con cada vez más fronteras
dentro sí, por una bandera ametrallada por mercenarios idealistas, corruptos de
oficio y salvajes de vocación. Por una bandera puesta en venta en el mercado de
las pulgas, a precios de arroz viejo, de casas enemigas del viento, de techos
ideales.
Confieso,
es el peor silencio que he escuchado en mi vida. No como cuando murió mi
abuelo, y yo de pequeño escuchaba el sollozo de tíos, primos, de mi propia
madre. Esta vez no hay ni sollozo, lo que hay es silencio, lo que hay es ruina.
Es el silencio del futuro certero, porque todos saben a dónde vamos a parar, es
el silencio carroñero que trepa por las paredes, entra por los resquicios de
puertas y ventana llegando a comer el rescoldo de esperanza desparramado sobre
parqué.
No
amaneció de golpe, pero cuando aún no se ha deshecho el nudo en mi garganta,
cuándo mis ojos aún no se secan por completo después de haber llorado la partida
de mi verdadera Venezuela, cuándo los recuerdos de los abusos y las injusticias
que he vivido en carne propia regresan a mí sin siquiera haberlos evocado,
llega el ingenuo, si cabe llamarlo así, a pedirme tolerancia. Tolerancia ante
la ignominia, que le tenga tolerancia a los revólveres que callan palabras de héroes
venezolanos en las calles, porque este es el país de los héroes. Un padre que
sale a la calle por la mañana a trabajar para mantener a su familia, es un
héroe, un héroe sentenciado por el nefasto y azaroso destino de la bala
perdida. Tolerancia ante la destrucción, ante la plaga ignorante que como el
fuego es capaz de traerse cualquier estructura abajo, tolerancia ante la plaga
mercenaria que vende los ideales que ni tiene, ni entiende para apoderar a unos
dictadores de poca monta.
No
amaneció de golpe, pero quedó enjaulada mi Venezuela de ensueño, enfrascada en
esos efímeros instantes en que mis familiares me cuentan de su juventud, en esas
memorias de mis que hermanas poseen en
su haber anecdótico largas caminatas nocturnas de regreso a casa tras la fiesta
de algún amigo. Amaneció de gris aunque
soleado, amaneció callado y ahora se
vienen cambios, los débiles no lucharán más y los que sigan luchando serán más
oprimidos.
No
amaneció de golpe, amaneció de luto.
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