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domingo, 15 de julio de 2012

Tragicomedia a domicilio



            Lucharse contra ella no se puede, es infalible, indetenible, incansable. Ha encontrado y conservado para sí misma el método científico de siempre tener la razón. Es increíble como esa mina se planta en pié delante de ti cuando le has jurao tener en mano  todas las pruebas de que ha sío ella quien se terminó la mayonesa y con tan solo un par de suspiros, otro de ademanes, un caminar insistente y circular (a veces ovalado) en medio de la cocina refuta todas las pruebas y terminas por quedar confundido y casi convencido, de que fuiste tú (aún cuando no te gusta la mayonesa ) quién cometió el delito de no compartir la porción final del frasco de mayonesa. Era tradición comprar películas para ver los domingos en el sofá que adornaba nuestra sala (de hecho, lo único que había en nuestra sala además de un perro cuya apariencia hubiera parecido normal en The Walking Dead y que decidió un día recoger de las calles) mientras comíamos unas cotufas que aprendí con el tiempo, eran más importantes que las películas. Uno de esos domingos me tocó salir a comprar los quemaditos (nuestra economía no era muy fuerte) de las películas que veríamos y tuve que dejar a la mitad un cuento en el que tenía días trabajando y debía entregar a la revista que lo publicaría al día siguiente, cuando vuelvo me encuentro con que nuestra (su) mascota se había comido y digerido la mitad del escrito y se había cagado encima de la otra mitad que no se comió, llegué como un loco, haciendo volar como frisbees las películas quemadas y gritando (muy seguro de mi mismo):

            SE VA EL PERRO DEL COÑO ESE MARIA GABRIELA O ME VOY YO…

25 minutos después tuve que llamar a Alfonzo para que me ayudara a recoger mi ropa del pasillo del edificio  y me diera el aventón a casa de mi madre.

            Recuerdo cuando aún no vivíamos juntos, mi batalla ante sus distracciones intermitentes y efímeras era constante. Parecía a mi pesar, que cuando salíamos a cenar cualquier cosa que se postrara por encima de mi hombro, ya fuese un cuadro en la pared, un mosquito, o un extraño mesonero en falda que vimos una vez en un pub del centro de la ciudad, era más importante que la conversación ( o el monólogo)  que estábamos (estaba yo) manteniendo. Además, la suerte jugaba siempre de su inocente (malvado) lado, no importaba a donde fuésemos siempre llegaba el imprudente conocido que se cruzaba en nuestro camino en el preciso instante en que me proponía pedirle que nos mudáramos juntos. Era una cosa increíble.

            Un día por fin me le declaré, tras agarrar mucho aire y sucumbir ante los nervios y el síndrome de las manos frías se lo dije “Maria Gabriela del Roble, me gustas, y quiero que nos vayamos a vivir juntos” y entonces, pude ver venir indetenible, ese silencio incómodo que sucede a las pésimas declaraciones amorosas, cuando me percaté,  sus ojos estaban perdidos en el espacio y tras un tristar de mis dedos volvió en sí, volteé para ver qué cosa tan importante había arruinado mi momento y me encontré con que “la puerta del restaurant le parecía muy bonita y oscilante”, empecé entonces a pensar que debía llevarla a un restaurant sin puertas… sin mesoneros, sin gente. Ante sus distracciones y exigentes demandas sociales (por qué a cualquier lugar que fuésemos llegaba algún amigo suyo) tuve que hacerme un plan de combate para vencer la mala (desgraciada) suerte. La invité a subir el Ávila, tomé un par de sillas de playa que mediante un complicado mecanismo ingenieril (dos mecates y un poco de celoven) logré adherir a mi bolso de montaña, una cava con hielo y vino y tras soportar 40 minutos de ella diciéndome si estaba loco, logré llegar al lugar que me había propuesto, pero no sin antes resbalar en una piedra cayendo sobre la tierra y provocando el nefasto desprendimiento de las sillas playeras de mi bolso y las posterior e inevitable caídas de ellas montaña abajo. Traté de ser optimista pensando  que aún me quedaba el vino, pero cuando al fin llegamos al lugar (conmigo cojeando) me percaté que había dejado las copas, y ella, haciendo uso de una de sus mil manías argumentó que no bebería ese vino porque beber de la botella además de poco salubre no era cosa de damas:

            INSALUBRE ES ANDAR ABRAZANDO LOS PERROS PULGOSOS ESOS QUE TE ENCUENTRAS ES LA CALLE

25 minutos después me encontraba solo en el puesto del guardabosques, usando el poco hielo que quedaba en la cava para aminorar el dolor del botellazo (que me dio en el ojo después de decirle lo del perro) mientras observaba abajo en la cota mil como dos de los conocidos clochards de la zona se sentaban en mis sillas de playa.

            La guerra duró unas cientos de horas que se tradujeron en días, tras un par ( diez más o menos ) de intentos de entrar a su casa por la puerta y fracasar, obtuve cortesía de la policía local una orden de caución, 72 horas de arresto y la devolución esparcida de todos los libros y otros regalos que le había dado, tanto fue así, que un día paré en el hospital  porque la edición especial de la Biblioteca Ayacucho de Rayuela fue a parar enterita en mi frente y tuve que usar lentes oscuros por cuatro días. Sumido en el desespero (y el alcohol) a casi las doce de la noche escape ebrio de casa de Alfonzo y corrí como Forrest Gump hasta la puerta de su edificio (diecisiete cuadras después) y armé un escándalo de proporciones universales intercalando versos con incoherencias alcohólicas:

No pretendo ganarte esta guerra desde mi autoproclamado exilio

ni pretendo perderla desde la anhelada cercanía

pero cada segundo que paso sin ti

es un soldado muerto que deja nuestra guerra de los 100 años

una consecuencia invariable

 me he cargao hoy con el fusil de mis versos

 de casco llevo la noche

y voy a dispuesto a aniquilar el silencio con cada uno de mis disparos

y cruzar la brecha que nos separa

En ese momento caí de rodillas sobre la acera ya sin aire para gritar una frase más y seguí mi caída hasta quedar de bruces en el suelo y en el intento de levantarme veo prenderse su luz:

Me gustan tu y el imposible consumar de tus besos

 la irrealizable fantasía de tenernos y la irreductible contradicción de nuestra esencia

Y si me estás escuchando

Quiero que sepas que soy tan loco para creer que te quiero...

 Aunque no quiera yo, aunque no quieras tu....

QUIERO QUE VIVAS CONMIGO

Los vecinos que me arrojaron desde tomates hasta brócoli e incluso la esposa del gordo calvo del piso 3 le grito por la ventana que si no se iba a vivir conmigo lo haría ella, pero que los dejarán dormir, fueron estos abucheos los que por fin hicieron que Maria Gabriela bajara a la calle a recogerme de la acera y subirme a su departamento, en ese momento empecé a perder la conciencia pero alcancé a preguntarle:

-¿Aceptas?

Me miró con unos ojos que no logré descifrar, no entendí si era ternura o lástima

-Claro que acepto, pero el perro pulgoso se viene conmigo…




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