Lucharse contra ella no se puede,
es infalible, indetenible, incansable. Ha encontrado y conservado para sí misma
el método científico de siempre tener la razón. Es increíble como esa mina se
planta en pié delante de ti cuando le has jurao tener en mano todas las pruebas de que ha sío ella quien se
terminó la mayonesa y con tan solo un par de suspiros, otro de ademanes, un
caminar insistente y circular (a veces ovalado) en medio de la cocina refuta
todas las pruebas y terminas por quedar confundido y casi convencido, de que fuiste
tú (aún cuando no te gusta la mayonesa ) quién cometió el delito de no
compartir la porción final del frasco de mayonesa. Era tradición comprar
películas para ver los domingos en el sofá que adornaba nuestra sala (de hecho,
lo único que había en nuestra sala además de un perro cuya apariencia hubiera
parecido normal en The Walking Dead y que decidió un día recoger de las calles)
mientras comíamos unas cotufas que aprendí con el tiempo, eran más importantes
que las películas. Uno de esos domingos me tocó salir a comprar los quemaditos
(nuestra economía no era muy fuerte) de las películas que veríamos y tuve que
dejar a la mitad un cuento en el que tenía días trabajando y debía entregar a
la revista que lo publicaría al día siguiente, cuando vuelvo me encuentro con
que nuestra (su) mascota se había comido y digerido la mitad del escrito y se
había cagado encima de la otra mitad que no se comió, llegué como un loco,
haciendo volar como frisbees las películas quemadas y gritando (muy seguro de
mi mismo):
SE VA EL PERRO DEL COÑO ESE MARIA
GABRIELA O ME VOY YO…
25
minutos después tuve que llamar a Alfonzo para que me ayudara a recoger mi ropa
del pasillo del edificio y me diera el
aventón a casa de mi madre.
Recuerdo cuando aún no vivíamos juntos,
mi batalla ante sus distracciones intermitentes y efímeras era constante.
Parecía a mi pesar, que cuando salíamos a cenar cualquier cosa que se postrara
por encima de mi hombro, ya fuese un cuadro en la pared, un mosquito, o un
extraño mesonero en falda que vimos una vez en un pub del centro de la ciudad,
era más importante que la conversación ( o el monólogo) que estábamos (estaba yo) manteniendo.
Además, la suerte jugaba siempre de su inocente (malvado) lado, no importaba a
donde fuésemos siempre llegaba el imprudente conocido que se cruzaba en nuestro
camino en el preciso instante en que me proponía pedirle que nos mudáramos
juntos. Era una cosa increíble.
Un día por fin me le declaré, tras
agarrar mucho aire y sucumbir ante los nervios y el síndrome de las manos frías
se lo dije “Maria Gabriela del Roble, me gustas, y quiero que nos vayamos a
vivir juntos” y entonces, pude ver venir indetenible, ese silencio incómodo que
sucede a las pésimas declaraciones amorosas, cuando me percaté, sus ojos estaban perdidos en el espacio y tras
un tristar de mis dedos volvió en sí, volteé para ver qué cosa tan importante
había arruinado mi momento y me encontré con que “la puerta del restaurant le
parecía muy bonita y oscilante”, empecé entonces a pensar que debía llevarla a
un restaurant sin puertas… sin mesoneros, sin gente. Ante sus distracciones y
exigentes demandas sociales (por qué a cualquier lugar que fuésemos llegaba algún
amigo suyo) tuve que hacerme un plan de combate para vencer la mala
(desgraciada) suerte. La invité a subir el Ávila, tomé un par de sillas de
playa que mediante un complicado mecanismo ingenieril (dos mecates y un poco de
celoven) logré adherir a mi bolso de montaña, una cava con hielo y vino y tras
soportar 40 minutos de ella diciéndome si estaba loco, logré llegar al lugar
que me había propuesto, pero no sin antes resbalar en una piedra cayendo sobre
la tierra y provocando el nefasto desprendimiento de las sillas playeras de mi
bolso y las posterior e inevitable caídas de ellas montaña abajo. Traté de ser
optimista pensando que aún me quedaba el
vino, pero cuando al fin llegamos al lugar (conmigo cojeando) me percaté que
había dejado las copas, y ella, haciendo uso de una de sus mil manías argumentó
que no bebería ese vino porque beber de la botella además de poco salubre no
era cosa de damas:
INSALUBRE ES ANDAR ABRAZANDO LOS
PERROS PULGOSOS ESOS QUE TE ENCUENTRAS ES LA CALLE
25 minutos
después me encontraba solo en el puesto del guardabosques, usando el poco hielo
que quedaba en la cava para aminorar el dolor del botellazo (que me dio en el
ojo después de decirle lo del perro) mientras observaba abajo en la cota mil
como dos de los conocidos clochards de la zona se sentaban en mis sillas de
playa.
La guerra duró unas cientos de horas
que se tradujeron en días, tras un par ( diez más o menos ) de intentos de
entrar a su casa por la puerta y fracasar, obtuve cortesía de la policía local
una orden de caución, 72 horas de arresto y la devolución esparcida de todos
los libros y otros regalos que le había dado, tanto fue así, que un día paré en
el hospital porque la edición especial
de la Biblioteca Ayacucho de Rayuela fue a parar enterita en mi frente y tuve
que usar lentes oscuros por cuatro días. Sumido en el desespero (y el alcohol)
a casi las doce de la noche escape ebrio de casa de Alfonzo y corrí como
Forrest Gump hasta la puerta de su edificio (diecisiete cuadras después) y armé
un escándalo de proporciones universales intercalando versos con incoherencias
alcohólicas:
No pretendo ganarte esta guerra desde mi autoproclamado exilio
ni pretendo perderla desde la anhelada cercanía
pero cada segundo que paso sin ti
es un soldado muerto que deja nuestra guerra de los 100 años
una consecuencia invariable
me he cargao hoy con el
fusil de mis versos
de casco llevo la noche
y voy a dispuesto a aniquilar el silencio con cada uno de mis
disparos
y cruzar la brecha que nos separa
En ese momento caí de rodillas sobre la acera ya sin aire para
gritar una frase más y seguí mi caída hasta quedar de bruces en el suelo y en
el intento de levantarme veo prenderse su luz:
Me gustan tu y el imposible consumar de tus besos
la irrealizable
fantasía de tenernos y la irreductible contradicción de nuestra esencia
Y si me estás escuchando
Quiero que sepas que soy tan loco para creer que te
quiero...
Aunque no quiera
yo, aunque no quieras tu....
QUIERO QUE VIVAS CONMIGO
Los
vecinos que me arrojaron desde tomates hasta brócoli e incluso la esposa del
gordo calvo del piso 3 le grito por la ventana que si no se iba a vivir conmigo
lo haría ella, pero que los dejarán dormir, fueron estos abucheos los que por
fin hicieron que Maria Gabriela bajara a la calle a recogerme de la acera y
subirme a su departamento, en ese momento empecé a perder la conciencia pero
alcancé a preguntarle:
-¿Aceptas?
Me
miró con unos ojos que no logré descifrar, no entendí si era ternura o lástima
-Claro
que acepto, pero el perro pulgoso se viene conmigo…
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