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viernes, 9 de agosto de 2013

Cold Water

Hoy el tiempo se detuvo por vez milésima, ya sabes a lo que me refiero, siempre te lo explico. No el tiempo de todos, mi tiempo. El mundo sigue en lo suyo, sus luces brillantes, sus botellas rotas, sus cartas de amor, pero más importante sigue girando. No fue mi caso hoy, se detuvo ¡cómo me cansa que se te detenga!  Es horrible esa sensación, ya sabes. Cada vez que el tiempo pausa, hay que empezar a recoger los vidrios, y la vida sigue, y el sol te da en la cara, cruza los cristales rotos y diáfanos,  el poco sol que pasa las nubes grises claro –porque olvidé mencionarte que hubo nubes, y grises y cargadas de miedo, de párpados caídos, y hasta se rompieron-, y los retazos resquebrajados y rotos brillan, y hace frío, y esta uno jodido, jodido y radiante, así queda uno cuando se rompen los cristales: jodido y radiante.
La lluvia me trajo a casa, te cuento. Me trajo despacio, porque el auto avanzaba de a un metro cada vez. Me sentía como un elefante que tomó un aventón de caracol. Estaba cansado, como dije arriba. Y el vapor del asfalto y de los carros de al lado hacían más cercana la humedad, y me dolía la cabeza y sudaba frío, pero el vapor, el vapor como un fuego fatuo me daba calor. Avanzaba un metro. La música del autobús no me dejaba pensar, ni ganas que tuviera tampoco. Sabes cómo es, y si es de noche peor, no te escuchas los pensamientos y no puedes siquiera ver dentro de tu bolso para pagarle al chofer.
Llegué tarde a casa, paradójicamente tarde, para haberse detenido el tiempo. «Fue un mal día», pensé. Pero sonreí, pues, había llegado a casa. Traía una bolsa en la mano, y las llaves estaban enterrada en el fondo del bolso, entre Flaubert, Mario y un par de penas. Sentí fastidio de buscarlas, escalé hasta el último escalón, y ya parado sobre la alfombra decidí tocar el timbre…
                Ding dong…
                                                                                Ding.. Dong….                   
…había olvidado que en casa no había nadie, que estaba sólo yo, que ni siquiera estabas tú y entendí, después de una larga pausa que nadie vendría a abrir la puerta. Pensé en las llaves y sentí cansancio. La bolsa la guindé en uno de los dibujos metálicos de la reja, le di un par de vueltas y teniendo las manos libres me dispuse a desenterrar las penas dentro de la mochila para dar con las llaves, una tarea sencilla que no debe de dar problemas.
                                …el bolsillo pequeño… lo abro lo cierro…
                                                                …el grande, remuevo los cuadernos, la cartuchera cae…
    …la recojo, se deja caer la libreta…      
                                                                                …escucho el blin blineo…
…no sé de dónde viene, desespero, me enervo, me lleno de rabia.
«Aquí están».
Abro la puerta, recojo la libreta en el suelo –el mismo que dio  vida a la desgracia-, trató de tomar la bolsa y sencillamente no puedo. La tarea de desenrrollarla, desentramalar, descolgarla… ¡No puedo!
Se rompe.
Me veo allí, en el portal, dándome cuenta, que siquiera puedo llevar a cabo las tareas más simples. Me frustro, recogí la mesa, había basura en ella, e incluso, cuando abro la papelera y dejo caer los deshechos, fallo. Me sentí desgraciado, en la manera más simple y sencilla que un ser humano puede sentirse así.
La casa estaba sola, y me pesaba la cabeza, me pesaban los ojos; estaba obscura. Abrí las ventanas, una brisa frío me congelo las mejillas y un impacto me alertó: las cortinas volcaron el jarrón. Me quedé en la oscuridad, sentado, pensando «qué mal día», sonreí. Nadie me vio sonreir, pero te lo juro. No sé si lució como una mueca o una burla, pero definitivamente sonreí. Me sentía en una guerra, una guerra perdida.
Puse a sonar un  poco de Jazz, sabes, las pocas canciones que tengo –de las que ya estás cansada-, y me desnudé. La casa seguía oscura, caminé hasta al baño, desnudo, descalzo, frío y con el cabello aún mojado por el orvallo. Abrí la ducha y sin esperar a nada, me coloqué debajo de ella. Me tomé mi tiempo, salí, y sin secarme más que el rostro, me paré delante del espejo. Tenía los ojos cansados, oscuros, los gestos tristes y una barba que empeoraba mi situación, me veía más cansado. Tomé la espuma y me la coloqué, poco a poco, primero las mejillas, de forma circular, el bigote, el mentón, despacio. Tomé la hojilla y comencé a arrancarme el cansancio, y el saxofón gritaba que si sonreía, todo el mundo lo haría conmigo. Había hecho un charco en el piso.
Fui feliz. Me puse crema luego de afeitarme, y fui feliz. Me sequé, me vestí y me tiré a la cama, «no fue tan malo después de todo».
Sé que piensas que estoy loco. Odias a muerte el agua fría, eres como esos niños que no se comen los vegetales y los echa debajo de la mesa. Pero te cuento, el agua fría es clave. Es como una guerra, es un reto. Entras ahí, debajo del agua, sin pensarlo, sin huirle ni concederle miedo, simplemente ¡zas!, y te quedas inmóvil, el agua empieza a cubrirte…
                                                …tu corazón se acelera de golpe…
…se te contraen los músculos…                
                                                …te retuerces…
                                                                                …la respiración se descontrola…
…pero te quedas firme, y tu corazón se calma, tus músculos se relajan, se te refresca el alma…
                                                …el agua se rinde, no está fría…

Y el reloj anda de nuevo. 

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