Millones de visitas

¿Tienes cuenta de twitter? !Sígueme!

viernes, 4 de octubre de 2013

Renuncio

                  Ranuncio a subirme a los aviones y  a las escaleras que llevan a la nada y luego dejar el paracaídas en casa cuando salga, porque, ya sabés, todos tenemos esa vieja costumbre de dejar las sombrillas y los paracaídas colgando del perchero al lado de la puerta cuando salimos a vivir.

Rmnuncio,
a leer en voz alta, 
a tomarte de la mano si no hace frío 
y a no frenar en las pendientes. 
Renuncio a renunciar al cinturón de seguridad 
y a la baranda de las escaleras
a los posamanos
y a las barras antiresbalantes de los escalones.
A  colocar el vaso en el borde de la mesa.


                         Ranuncio, a sonreír por nada y a reír por todo, a tomarme el tequila sin la sal ni los limones, a besarte la vodka y a renunciar al pretérito perfecto de tu propia renuncia, al dinosaurio de Monterroso y su pretérito pluscuamperfecto, o quizás a mi propio de dinosaurio, quizás a ti, que te extinguiste bajo una fugaz era de hielo.

Rnnuncio 
a las pantomimas indescifrables de la felicidad instantánea,
a la sabana...
...al viento
a correr sin mirar el mapa. 

Rdnuncio 
a la luz si no viene del interruptor del pasillo, 
a que te adoro, 
a la palabra estupenda, 
al diccionario de tonterías.

Ranuncio a desmenuzar los recuerdos futuros que se murieron ahogados a mitad del primer suspiro y a preguntar luego de los disparos, a descubrir las Américas, a declararme patriota de naciones que no existen,a lo sublime, a los duraznos, a los inviernos de verano, a los latidos ajenos. 

Renuncio.

miércoles, 2 de octubre de 2013

Preguntas tontas.

He, de manera racurrente y casi incesante, pensado mucho en ti hoy. En vano me deshice de tu contacto, siendo tonto, creyendo que basta borrar de una agenda lo que está perfectamente escrito dentro de tu cabeza, pero eso es parte de la inocencia inherente al olvido. Por eso, he framasado en mi promesa de no volver. Me pregunté muchas veces, ¿será que ella está pensando en mi también? Y cuando caminaba por la plaza, nos vi besarnos sentados, tu de espaldas a mi y luego corriendo deprisa para que no te dejara el bus, y me pregunté ¿será que ella también nos ve?
 Y quise preguntarte cómo te va, y esperarte para comer. No tanto como el ser acostumbrado, ese que actúa bajo los efectos de la inerte rutina, sino como ese qua quiere acostumbrarse a. Y me pregunte, ¿a ella le habrá pasado lo mismo?.

En vano también, -como el día en que te conocí, o màs bien, que nos vimos por primera vez- traté de buscarte con la mirada por todos lados, sienpre alerta, siempre examinando, ojos y oidos despiertos por si la casualidad apremiaba una vez más. Y como en todos los casos anteriores, me pregunté ¿será que ella me busca también? Y a ratos desee retroceder, y vivir una pausa sempiterna, vivir un paralelismo lleno de ti donde solo importa que te adoro, donde solo importa que nuestros labios se muerden, y que nuestras pieles se erizan de miradas y suspiros, no como en la fatua dealidad, donde un sinfin de factores grises nos destiñen los colores de las miradas y nos alebrestan los vientos. Y me pregunté ¿será que ella quiere retroceder y pausar? Y caigo, de nuevo, en la vanidad de los intentos. Pues ni las pausas son perennes ni conozco aun el primer reloj que camine en una dirección que no sea hacia adelante.Pero, ¿para qué quiere uno relojes si no importa el tiempo? Si contigo el reloj se desarmaba, era cuando mucho, poco uniforme el andar; cuando coincidiamos largas horas se nos rasumian en segundos intangibles casi y en cambio, al dejar de respirar tu mismo aire, de palparte, y estar, al otro lado de la ciudad, el reloj se dilataba, se hacia pesado y los segundos parecían horas. Y entonces, me pregunté ¿cómo habrá pasado su tiempo hoy, cómo horas de segundos o cómo segundos de horas?
 Y así se me fue el día. En horas de segundos. En plazas. En besos. En multitudes. En ficciones. En preguntas tontas.
 Nisiquiera tuve la suerte de no saberme tu dirección para no enviarte esta carta, que para colmo, sólo la vi una vez, sin vislumbrarla mucho. Simplemente estaba allí, en el inconsciente donde usualmente todo se me hace inalcanzable. Excepto esta vez.

El estado del tiempo.



                Con un cielo brillante, diáfano, despejado y prometedor coincidimos bajo la más improbables de las casualidades; dos almas aparentemente condenadas al triste de destino de las rectas paralelas se vieron de pronto, bajo el efecto inexplicable de uno, o de muchos azares, ligeramente inclinadas hasta el que, siN más remedio, no les quedó de otras sino encontrarse; y sonreírse, encantarse y dejarse llevar por el tierno juego de la casualidad y la probabilidad, de lo imposible hecho materia. El sol, cargado de utopías, de rayos ultra-ilusionados, colisionaba con tu rostro y con tus ojos que brillaban desnudos por el cielo despejado. La brisa no excedía ese punto de perfecta y extraña calidez en cuanto a fortaleza y temperatura se refiere; tenía la aceleración exacta para hacer correr por todos los vientos tu cabello tostado por el sol, tu cabello de Almíbar, de albaricoque, y tenía la frescura precisa, puntual, y necesaria para que sintieses frío y te bastaran sólo mis brazos, en todo el mundo, para devolverte el calor. Era una hermosa primavera, lo supe además de por todo lo anterior, por tu piel durazno, por tu dulce corteza y el amarillo de tus ojos… pero el tiempo ha cambiado, mis frentes fríos, gélidos, helados, de locura, se encontraron inevitablemente con la calidez de tus Dudas, de tus miedos, y sucumbimos –vos y yo- insalvables a los vientos huracanados e indetenibles que Más pronto que tarde separaron nuestras bocas que apenas comenzaban a conocerse, perfilarse, sentirse; a nuestros cuerpos que no hacía mucho se descubrían, se respiraban, y que como piezas de rompecabezas –vos sabés, esos que venden en las librerías- encajaban perfectamente. Y así, mi reciente ubicuidad inexorablemente atada a vos, se empezó a desvanecer y a diluir, como se diluyó la dulzura de tus mejillas doradas entre las envolventes gotas de lluvia, de lágrimas. De pronto los ojos rayados por el sol se llenaron de orvallos,  chubascos, relámpagos y yo con mis truenos rompí los recién descubiertos cristales que con tanto esfuerzo –en tan poco tiempo- quise preservar intactos. Ahora nos –me- quedan las lluvias, la soledad del trueno, del rayo, y la inminente sensación helada de la tormenta. Y vos… pues… vos estás ya bajo otros soles, otros azares, a la espera de un nuevo estado del tiempo… sin mis truenos, mis relámpagos, y sin tus chubascos… atrapada quizá en el pretérito imperfecto de nuestro amor. En días como estos, el climA, cambia tan fugazmente de cielos despejados y rayos amarillos a tormentosas nubes grises en tan pocos segundos, que uno ya no sabe si es invierno o primavera; llevo entonces, entre mis utensilios más básicos, el paraguas. Aunque esta vez esté esperando la oportunidad de cerrarlo, y no de abrirlo. 

viernes, 9 de agosto de 2013

Cold Water

Hoy el tiempo se detuvo por vez milésima, ya sabes a lo que me refiero, siempre te lo explico. No el tiempo de todos, mi tiempo. El mundo sigue en lo suyo, sus luces brillantes, sus botellas rotas, sus cartas de amor, pero más importante sigue girando. No fue mi caso hoy, se detuvo ¡cómo me cansa que se te detenga!  Es horrible esa sensación, ya sabes. Cada vez que el tiempo pausa, hay que empezar a recoger los vidrios, y la vida sigue, y el sol te da en la cara, cruza los cristales rotos y diáfanos,  el poco sol que pasa las nubes grises claro –porque olvidé mencionarte que hubo nubes, y grises y cargadas de miedo, de párpados caídos, y hasta se rompieron-, y los retazos resquebrajados y rotos brillan, y hace frío, y esta uno jodido, jodido y radiante, así queda uno cuando se rompen los cristales: jodido y radiante.
La lluvia me trajo a casa, te cuento. Me trajo despacio, porque el auto avanzaba de a un metro cada vez. Me sentía como un elefante que tomó un aventón de caracol. Estaba cansado, como dije arriba. Y el vapor del asfalto y de los carros de al lado hacían más cercana la humedad, y me dolía la cabeza y sudaba frío, pero el vapor, el vapor como un fuego fatuo me daba calor. Avanzaba un metro. La música del autobús no me dejaba pensar, ni ganas que tuviera tampoco. Sabes cómo es, y si es de noche peor, no te escuchas los pensamientos y no puedes siquiera ver dentro de tu bolso para pagarle al chofer.
Llegué tarde a casa, paradójicamente tarde, para haberse detenido el tiempo. «Fue un mal día», pensé. Pero sonreí, pues, había llegado a casa. Traía una bolsa en la mano, y las llaves estaban enterrada en el fondo del bolso, entre Flaubert, Mario y un par de penas. Sentí fastidio de buscarlas, escalé hasta el último escalón, y ya parado sobre la alfombra decidí tocar el timbre…
                Ding dong…
                                                                                Ding.. Dong….                   
…había olvidado que en casa no había nadie, que estaba sólo yo, que ni siquiera estabas tú y entendí, después de una larga pausa que nadie vendría a abrir la puerta. Pensé en las llaves y sentí cansancio. La bolsa la guindé en uno de los dibujos metálicos de la reja, le di un par de vueltas y teniendo las manos libres me dispuse a desenterrar las penas dentro de la mochila para dar con las llaves, una tarea sencilla que no debe de dar problemas.
                                …el bolsillo pequeño… lo abro lo cierro…
                                                                …el grande, remuevo los cuadernos, la cartuchera cae…
    …la recojo, se deja caer la libreta…      
                                                                                …escucho el blin blineo…
…no sé de dónde viene, desespero, me enervo, me lleno de rabia.
«Aquí están».
Abro la puerta, recojo la libreta en el suelo –el mismo que dio  vida a la desgracia-, trató de tomar la bolsa y sencillamente no puedo. La tarea de desenrrollarla, desentramalar, descolgarla… ¡No puedo!
Se rompe.
Me veo allí, en el portal, dándome cuenta, que siquiera puedo llevar a cabo las tareas más simples. Me frustro, recogí la mesa, había basura en ella, e incluso, cuando abro la papelera y dejo caer los deshechos, fallo. Me sentí desgraciado, en la manera más simple y sencilla que un ser humano puede sentirse así.
La casa estaba sola, y me pesaba la cabeza, me pesaban los ojos; estaba obscura. Abrí las ventanas, una brisa frío me congelo las mejillas y un impacto me alertó: las cortinas volcaron el jarrón. Me quedé en la oscuridad, sentado, pensando «qué mal día», sonreí. Nadie me vio sonreir, pero te lo juro. No sé si lució como una mueca o una burla, pero definitivamente sonreí. Me sentía en una guerra, una guerra perdida.
Puse a sonar un  poco de Jazz, sabes, las pocas canciones que tengo –de las que ya estás cansada-, y me desnudé. La casa seguía oscura, caminé hasta al baño, desnudo, descalzo, frío y con el cabello aún mojado por el orvallo. Abrí la ducha y sin esperar a nada, me coloqué debajo de ella. Me tomé mi tiempo, salí, y sin secarme más que el rostro, me paré delante del espejo. Tenía los ojos cansados, oscuros, los gestos tristes y una barba que empeoraba mi situación, me veía más cansado. Tomé la espuma y me la coloqué, poco a poco, primero las mejillas, de forma circular, el bigote, el mentón, despacio. Tomé la hojilla y comencé a arrancarme el cansancio, y el saxofón gritaba que si sonreía, todo el mundo lo haría conmigo. Había hecho un charco en el piso.
Fui feliz. Me puse crema luego de afeitarme, y fui feliz. Me sequé, me vestí y me tiré a la cama, «no fue tan malo después de todo».
Sé que piensas que estoy loco. Odias a muerte el agua fría, eres como esos niños que no se comen los vegetales y los echa debajo de la mesa. Pero te cuento, el agua fría es clave. Es como una guerra, es un reto. Entras ahí, debajo del agua, sin pensarlo, sin huirle ni concederle miedo, simplemente ¡zas!, y te quedas inmóvil, el agua empieza a cubrirte…
                                                …tu corazón se acelera de golpe…
…se te contraen los músculos…                
                                                …te retuerces…
                                                                                …la respiración se descontrola…
…pero te quedas firme, y tu corazón se calma, tus músculos se relajan, se te refresca el alma…
                                                …el agua se rinde, no está fría…

Y el reloj anda de nuevo. 

sábado, 3 de agosto de 2013

Divagación #1 (Mayo del 2009)

No soy escritor, filósofo y mucho menos poeta, aún así, mis dedos una que otra noche empiezan temblorosos a pedir que les dé rienda suelta ¿para escribir que? realmente ni yo lo sé, hasta que tomo el teclado y les doy la libertad que tanto anhelan. Pienso entonces en esa delgada linea, confusa confieso, que separa la sensación entre sentir que realmente estoy pensando las cosas que escribo o que simplemente van y vienen y siguen su curso -como el caudal de un río-. Creo que de vez en cuando se me ocurre una que otra cosa interesante y me da por cambiarle un poco la línea al asunto.

Hace calor, incómodo, no hay casi nada de viento y nadie interesante para hablar -cosa que es una desgracia mayor que la del mismo calor-, debe de ser por eso que se me antoja hablar conmigo mismo, para ver qué tengo que decir ¿Estaré loco? O quizás no tanto, pasamos tanto tiempo preocupados por las personas que nos rodean preguntándoles cómo están, tanto así que alguna vez se nos habrá ido el día entre detalle y detalle, entre querer ser lo mejor para los demás olvidándonos de que tal vez la manera mas fácil sea empezar siendo lo mejor para uno mismo. Claramente, imaginarse todo esto en el preciso momento en que el día transcurre es un poco difícil; no es sino en una noche calurosa como esta, cuando el tiempo se nos detiene que podemos sentarnos a preguntarnos ¿cómo estamos? ¿qué queremos? ¿aprendimos algo hoy? Y a veces con la excusa de dejar que todo fluya se nos olvida que no hay influencia más divina que la que nuestras palabras pueden ejercer sobre la vida misma, dándole la dirección que queramos, luchando por ella, claro que para eso hay que despertarse "teniendo los cojones" de saber qué carajo queremos, y no pensar que algún tipo de azar les dará el sentido y la dirección a nuestras vidas.

Es tan complicado todo, irónica o paradójicamente es simple también; es pensar, pensar, pensar y luego actuar, pero no puede uno esperar que todo el mundo lo haga. Soy el primero que lo apasiona el incierto, el ir a ciegas palpando paredes, descubriendo nuevos y efímeros universos, aventuras y sensaciones. Debería ser tan fácil como aprender de nuestros errores, pero a pesar de que los conocemos, seguimos cometiendo otros nuevos o peor aún seguimos cometiendo los mismos. Y en parte cometer nuevos errores tiene bastante sentido, con tanto ahí afuera por descubrir qué mejor manera que equivocándonos y llenándonos de barro, y entonces esa instrucción tan sencilla se vuelve complicada, aprender de nuestros errores, cuan difícil se vuelve cuando hayamos tanto placer en equivocarnos, en correr, tropezarnos, parando y sin pensar seguir corriendo, hasta que unos cuantos moretones en rodillas y codos nos devuelven la cabeza a nuestro lugar y circularmente volvemos a donde empezamos, al "qué sencillo es, sólo tenia que aprender de mis errores".

No quiero que parezca que tengo mucha experiencia, madurez ni ningún otro sinónimo o cualidad que se le pueda a asociar a estas, si supiera todo este rollo que están echando mis dedos en este instante cuántos problemas me hubiese ahorrado, así que seria una farsa atribuirme todo este conocimiento y filosofía a mi, son mis manos, esas torpes manos que tiemblan cuando les urge decirme algo, las que a lo largo del corto camino que he recorrido, las que han adquirido todo este conocimiento mientras he ido por ahí cayendo varias veces en el mismo hueco, haciendo una y otra vez lo mismo, esperando obtener resultados diferentes.

Y a pesar de esta constante necesidad de cambio, el sentir a veces (muy pocas) que crezco como persona, en el fondo, sigo siendo yo mismo, sigo olvidando preguntarle a mi yo interior qué carajos le pasa, no es posible que aún necesite de una noche calurosa, un buen libro y la ausencia de una fiel conversadora para empezar a buscar dentro de mi lo que tanto buscaba en ti... como lector, como mi amigo, como mi amor, como persona.

Antes de empezar a decir tonterías o imprudencias, y de declararme un hedonista egocéntrico, me despediré, ya la noche ha refrescado un poco més y ya me siento un poco mejor conmigo mismo.

Ser, ser y ser, antes del deber ser... La esencia no se vende

martes, 23 de julio de 2013

Análisis de "Madrugada" por Ninoska Correia (@Ninoska__)


Es un encuentro.

"El tiempo sigue, pero no pasa nada". El se pregunta qué vino a hacer a este mundo, imagina toda su vida como un sueño del cual despertará para empezar a vivir. Puede que siempre esté despierto, pero su vida está dormida. Ve a los borrachos compartiendo esa botella, la botella que les queda, porque no hay dinero para otra, y la comparten. Entonces piensa en lo egoísta que ha sido, comparandose con los borrachos, pero no va más allá de eso. Es más, decide prestarle más atención a la vecina, no solo a sus pasos, porque estaba cansado de sus propios pensamientos o de su propia vida. Aquí se da el encuentro. No entiende que le pasa a esa loca masoquista que parece no aprender la lección, es más, hasta le molesta no poder entenderlo. Su novia lo dejó por su mejor amigo, ¿en quién más podría confiar después de eso si las dos personas en las que más confiaba, lo traicionaron? Tal vez ahí perdió, incluso, la esperanza. Y con la esperanza se va la vida, la que es realmente vida. Pero después de pensar en la vida de su vecina, hay un cambio en él. Ahora no es "un estado de detención que sabe al televisor encendido", no, ahora se pregunta sobre lo que ve en el televisor. Eso es salirse de la rutina, de la vida dormida. Y mas cuando no es cualquier pregunta, sino que es una de esas preguntas que lo ponen a uno a pensar: ¿el problema soy yo?. Y va a buscar a su vecina, que ya no está. El borracho lo ve, le dice "salud" y se duermen.

Entonces el encuentro fue consigo mismo y con la vida viva.

Los borrachos lo reflejaban a si mismo: vagabundo, la botella no era más que un reflejo de la vida: solo hay una, ni todo el dinero del mundo compraría otra; y siempre vale la pena compartirla. El egoísmo era hacia sí mismo por no darse la oportunidad de volver a confiar en el amor.

"¿de qué estarían enamorados los vagabundos? ¿de qué se enamora uno cuando no tiene nada?" Es demasiado normal pensarlo muy bien antes de salir de la "zona de comodidad", sobretodo porque nadie puede asegurarte o garantizarte nada sobre lo que pasará. La gente se arriesga en nombre del amor porque bajo ese sentimiento es que sienten que pueden alcanzar una vida plena, aunque hayan tenido que despojarse de todo.

Y al día siguiente no creo que busque a su vecina, sino a si mismo, ahora más vivo.

Al paso de los elefantes

Al paso de los elefantes
José Henrique García



Se me olvidó cómo son las ovejas
Luis Enrique Belmonte


Se vive tan poco cuando uno se acostumbra a la madrugada, que ni se vive ni se sueña; Mientras no dormimos, esa vigilia de madrugada, es más bien un estado de detención que sabe al televisor encendido y huele como al silencio de los grillos, por eso es tan malo acostumbrarse a ella y a los párpados pesados que no se cierran, el tiempo sigue, pero no pasa nada; como si la noche durara “una hora” muy larga.


Una noche me dio por pensar que la vida, toda, era un sueño, y que algún día me despertaría en una cama que no era mía para vivirla, bajo un amanecer de nuevosoles confusos donde por fin entraría en contacto con la verdadera realidad; siempre pensé que al despertar no entendería nada, sería un niño quizá o un anciano, y emprendería un nuevo viaje a través de otro tiempo, de otra vida, de otros sueños, que probablemente tampoco comprendería. Me enfrentaría a un círculo interminable: el anciano se dormiría una noche, después de muchos años y despertaría luego en mí, de nuevo, para sentirse confundido y no entender y cuestionar, y así sucesivamente. Hasta que un día el anciano o el niño o yo nos encontremos con el final del camino y el corazón se nos quede sin cuerda, los sístoles sin diástoles y alcancemos al fin la noche mil y una, el fin de los días, y entonces, y solamente entonces nos convenzamos de cuál era el verdadero sueño y cuál la verdadera realidad.

Pistoladas de insomnes.

La madrugada nos absorbe, receptiva como una esponja griega, nos roba de a poco la luz del sol, el calor del día, el mundo real -¿el soñado?. En esas noches de insomnio, de inopia, de observar las ventanas, el crujir de las paredes, podemos ser quién queramos, cómo queramos, quitarnos la máscara y escuchar lo que de verdad tenemos para decir, vernos al espejo sin la parafernalia de la rutina, dar saltos entre nuestros paralelismos, entre sueño y realidad, realidad y sueño.  

Pero a qué precio.

Cuando nos aislamos en ese mundo de eterna media noche, de alguna manera nos separamos de la realidad, nos desprendemos de lo cotidiano y nos ensimismamos. De alguna manera renunciamos a los otros y nos quedamos recónditos e inaccesibles durante el día -el poco día que nos queda luego- como piedras en el agua: secas por dentro. Sin embargo, a pesar de esta dureza, esta naturaleza pétrea, el agua ha calado en mí, la piedra a mi alrededor paulatinamente se ha vuelto permeable, las esquinas han dado a luz intersticios y filtraciones, la piedra se ha vuelto una membrana, las paredes de mi habitación, permeables.

En mi edificio las  paredes entre los pisos son bastante finas, de madrugada puedo escuchar con claridad las voces en el piso contiguo, si presto mucha atención incluso los pensamientos. Mi cuarto está al lado del cuarto de Nina, la vecina; tiene unos años menos que yo y de noche siempre le escucho los pasitos de gata de un lado al  otro. Hoy me encontraba sentado en el alféizar de la ventana mirando un par de vagabundos que compartían una botella de aguardiente, pensaba en cuántas veces había sido egoísta con los demás teniendo tanto más que ese par de pordioseros que en su escaso haber sólo tienen esa botella de licor de tapa roja, guardada en esa bolsa marrón, ese recipiente que les compra el olvido, les disimula la miseria y que les es escasa, porque cobre para comprar otra no tienen. Sin embargo lo compartían, eran amigos, hermanos, pareja, compañeros de vida, qué sé yo, capaz algo más que eso, algo que yo no soy capaz de comprender.

Y el agua calaba.

Tiré el pucho por la mitad y apenas unos segundos después de haber caído en el basurero, uno de ellos (el más viejo) lo recogió, y eso también lo compartieron. En eso escuché la voz de Nina, estaba al teléfono y se puso a la ventana. Me escondí rápido para que no me viera y poder escuchar, después de tantas noches estaba aburrido de mis propios pensamientos, me pareció llamativo escuchar los de ella.

Empezó normal la conversación, Cómo estás, Bien y tú, Llegando del trabajo, bla bla bla. Se puso interesante unos minutos después, cuando Nina recibió una noticia de la voz en el teléfono y terminó rompiendo en llanto. De tanto en tanto me asomaba para verla –teniendo cuidado de que no me viera. Era tercera vez que un novio la dejaba hecha trizas, llorándole al farol naranja del callejón y al cielo sin luna ¿hay algo más triste que un cielo sin luna? Lo curioso era que antes la escuché decir lo desgraciado del amor, una y otra vez la escuché llorar y de nuevo enamorarse. No había pasado un año antes de llegar con el nuevo novio y presentárselo a la abuela, y así, un ciclo: enamorarse, maldecir, enamorarse - soñar, despertar, seguir soñando.

Yo no era capaz de comprender el amor, tampoco era capaz de comprender a Nina. Después de haberse dado tanto golpe, de cambiar una piedra por otra, insistía e insistía. Y los mozos eran todos unas joyas, uno la dejó plantada el día de su cumpleaños, pero lo arregló luego con un par de flores arrancadas de un jardín ajeno con una notita y Nina fue feliz; otro simplemente desapareció y la sinfonía de mocos y llamadas telefónicas la escuché toda esa noche ¿me estaba perdiendo de algo? ¿Es tan bueno el amor ese que apenas a uno se le curan los huesos rotos se quita los yesos y corre a montarse en él de nuevo? Yo no lo sé, tuve una sola novia y me dejó por mi mejor amigo, desde entonces me quedé sin novias y sin mejores amigos. A lo mejor por eso me refugié en los espejos y las madrugadas.

Pero el agua calaba.

Sentí un momento envidia por Nina, qué coraje, qué bravura, luchar contra el fulano amor ese que se disfraza de cualquier cosa y de cualquier voz, que se pinta de colores, de aromas, de frases, de ese  amor que te vacía las tripas y te llena el tuétano. Era un cobarde y me di cuenta esta noche, aquí en la ventana.

Prendí el televisor, daban las tres y algo, estaba a medio volumen y pasaban un video de Fito Paez… «nadie puede ni nadie debe vivir sin amor» decía. El loco era yo entonces, era yo quién evitaba hacerse daño con las piedras del acantilado; esa caída veloz y emocionante, con un viento que te acaricia cada partícula del rostro, que hace temblar tu piel como tiembla la tierra al paso de los elefantes, era magnífica, deslumbrante, te llenaba el estómago de un nosequé frío, pero al final siempre están las piedras y para cuando caes el impacto no te deja disfrutar las olas, se convierte uno en alimento de gaviotas.  Mientras ellos lo buscaban apasionadamente para lastimarse una y otra vez y ¡joder!, sentía que el loco era yo.

Aún así, el agua calaba.

Por primera vez quise romper el silencio, corrí a la ventana dispuesto a cruzar unas palabras con la vecina llorosa de ojos tristes, la que moría por un valiente cuerdo que empecé a imaginar en mi cabeza. Saqué medio cuerpo por la ventana y ya en la suya no había nadie, las luces estaban apagadas. El vagabundo me hizo una señal de salud levantando la botella con lo que quedaba dentro y empinando el codo para bajarse el último trago. Se acomodaron espalda con espalda y cayeron dormidos. Seguí despierto, solo y nunca había deseado tanto un trago de aguardiente. Capaz por ello insistían tanto en el amor, por lo bien que se duerme y lo mucho que se sueña cuando uno está enamorado ¿de qué estarían enamorados los vagabundos? ¿de qué se enamora uno cuando no tiene nada? cuando cada detalle cuenta, cada segundo, cada comida, cada colilla de cigarro que llueve encendida del cielo, cada Nina en una ventana olvidada, cada lágrima. Capaz era yo el que no tenía nada, porque aunque tenía almohada, cama, techo, una caja mágica que me cantaba canciones tristes a media madrugada, tenía libros con mil y una historias para olvidar mi propia pena, con cientos de máscaras para ponerme cada noche cuando me arrancara la mía del rostro; todo lo que un hombre que huye del amor puede tener, pero no tenía sueño...y el agua calaba.



Al día siguiente me levanté temprano para ver a qué hora salía la vecina.

jueves, 7 de febrero de 2013

Tropiezos

Iba de pasada pateando las piedritas que me encontraba por la calle, sin mirar hacia adelante, tic tac, siempre observando hacia la punta de mis pies, escuchando su variable compàs (casi detenido algunas veces), con ambas manos metidas en los desvencijados pantalones y ya habiendo olvidado el color de ese horizonte que está más allá del reloj. Iba de pasada y por no mirar mirar hacia adelante me tropecé contigo, con tu existencia càlida y tu aroma de palmeras y limones, me tropecé y me miraste y te mirè y nos mìramos y comprendì que La Providencia obra de una manera misteriosa, entendì que mis pasos se cruzaron con los tuyos únicamente porque en ese momento de mi vida, ese momento de piedras pateadas (tic tac) y de manos resignadas en los bolsillos, no iba mirando hacia delante. De nuevo sé cuál es el color del horizonte, me he sacado las manos de los bolsillos y hasta cambié los pantalones .