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miércoles, 24 de diciembre de 2014

Roja navidad

Este año, el árbol tiene tanta libertad, que puede estirar sus piernas con toda comodidad y no encuentra quién le estorbe, las luces, que le cuelgan, ahora opacas, ya no dibujan siluetas de papel roto ni gorros apresurados, sino que perpetuan las sombras de las solitarias guirnaldas en la sala vacía, con un agudo canto navideño que ahora se parece más a un quejido solitario que un soneto decembrino.

El piso de madera, se dedicará esta vez, a tiritar con el frío de diciembre, como tiritan los que ya no están, los que en vez de la madera de la sala, pisan otras latitudes donde la madera cruje más fuerte.

Y los cuadros de las paredes, han cambiado de paisajes, ya no ven crecer a los niños hasta ser adolescentes, y luego hasta ser adultos, ya no ven a los hijos ser padres y a los padres ser abuelos, ya no ven el tumulto de abrazos en el comedor, ahora, solo escuchan el desfile de llamadas telefónicas a destiempo, porque los que se van, viven y duermen y existen a otras horas.

Y la casa, se va cayendo a pedazos como mudando la piel, como mudando el alma, porque cada boleto de avión la arrebató un rincón, un portarretrato, un puesto en la mesa, unos zapatos atravesados, unos buenos días, un cómo te fue, un por dónde vienes, y lo que va quedando es la radiografía de la casa, unos huesos otrora fuertes y a los habitantes le quedan solo las historias y los álbumes de fotos, y la velita de los santos, y el rezo de medianoche.

Y el árbol, que ya maduró sus preocupaciones, se va dando cuenta, que pronto no quedará quién lo monte.

sábado, 20 de diciembre de 2014

Au revoir mon amour

Siempre la brisa fría en la cara mientras las llantas se iban tragando las franjas pálidas de la autopista nos atrapó, era lo único que logramos compartir, ese eterno estar huyendo de algo, de nosotros mismos quizá. Calamaro nos pareció el réquiem adecuado para aquel momento, aquella despedida tácita dónde nadie decía nada, pero los dos sabíamos que hacía adelante sólo había olvido y el coche seguía tragando kilómetros y kilómetros, acompasados por el perfecto soundtrack del reproductor que nos iba marcando los tiempos de la renuncia a los recuerdos borrosos, los tiempos del adiós. Aquella liturgia de despedida, aquellos besos mancos y cojos que se quedaron estancados en nuestros labios se despedían con pañuelos blancos que iban despuntando intermitentemente en la carretera delante de nosotros y Caracas a un lado, nos sonreía melancólicamente con todas sus bombillas naranjas consumidas por la oscuridad de la noche, titilantes y firmes.


Uno no sabe que un momento es el último hasta mucho después de que sucede, pero aquellos cigarros desgarrados por el viento que se colaba por las ventanillas sabían a eso, sabían como se supone que deben saber los últimos momentos; y el humo denso que se desaparecia rápidamente azotado por el viento era como nosotros, consumiéndonse en el frío y en la carretera, y en el requiém, y en la liturgía de comentarios desacertados que le daban a aquella despedida el toque fúnebre de toda partida sin retorno.


En el último tramo de la carretera, sin mirarnos a los ojos, porque cada uno sabía ya lo que había dentro del otro, con la certeza de conocernos los laberintos, decidimos en silencio y sin hablar, desconocernos y deshabitarnos y olvidarnos y decidimos ponerle punto final a ese deporte salvaje de mandarnos al carajo y empezar luego a preguntarnos cuando nos veríamos de nuevo, y asesinamos con un Au revoir mon amour  este ouroboros anatémico tras cerrar la puerta del coche.

Siempre dependimos de la lluvia que iba del suelo a al cielo o de los peces que fuman escalando montañas, y la garúa de esa noche, como siempre, cayó del cielo, y de los peces, qué les puedo decir, los condenados siguen sin fumar y no tienen ni la menor idea de qué carajos es una montaña.