Este año, el árbol tiene tanta libertad, que puede estirar sus piernas con toda comodidad y no encuentra quién le estorbe, las luces, que le cuelgan, ahora opacas, ya no dibujan siluetas de papel roto ni gorros apresurados, sino que perpetuan las sombras de las solitarias guirnaldas en la sala vacía, con un agudo canto navideño que ahora se parece más a un quejido solitario que un soneto decembrino.
El piso de madera, se dedicará esta vez, a tiritar con el frío de diciembre, como tiritan los que ya no están, los que en vez de la madera de la sala, pisan otras latitudes donde la madera cruje más fuerte.
Y los cuadros de las paredes, han cambiado de paisajes, ya no ven crecer a los niños hasta ser adolescentes, y luego hasta ser adultos, ya no ven a los hijos ser padres y a los padres ser abuelos, ya no ven el tumulto de abrazos en el comedor, ahora, solo escuchan el desfile de llamadas telefónicas a destiempo, porque los que se van, viven y duermen y existen a otras horas.
Y la casa, se va cayendo a pedazos como mudando la piel, como mudando el alma, porque cada boleto de avión la arrebató un rincón, un portarretrato, un puesto en la mesa, unos zapatos atravesados, unos buenos días, un cómo te fue, un por dónde vienes, y lo que va quedando es la radiografía de la casa, unos huesos otrora fuertes y a los habitantes le quedan solo las historias y los álbumes de fotos, y la velita de los santos, y el rezo de medianoche.
Y el árbol, que ya maduró sus preocupaciones, se va dando cuenta, que pronto no quedará quién lo monte.
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