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miércoles, 14 de noviembre de 2012

Eternas las once


No quiero que llegue el día, porque te vas.
               Te vas como el tiempo que no vuelve. El agua nunca corre río arriba. Y es tan difícil nadar a contra corriente. Por más que quieras...
                                ...sé, que no todo cabe en las maletas (por mucho que te sientes sobre ellas para que cierren) y que debes tomar decisiones sobre que pondrás dentro, qué pondrás

fuera y llegará el momento en que no importa cuán pesadas estén, sentirás que las llevas vacías.

                                                            Me he propuesto impedir que llegue el día, impedir que llegue mañana. Me he propuesto correr más rápido que el tiempo, llevarte a cuestas y andar.
                     Arrastrarnos ....

                                               ....a la velocidad de la luz y hacer eterna las once con un minuto, que no lleguen las doce.
 Y si eso no funciona....
                                                      ....parar todos los relojes, arrancarle el mañana a todos los calendarios.                                             Me he propuesto montarnos en un avión hacia el lado oscuro de la tierra
                       viajar más rápido que el sol,
                                           que la luz no nos alcance
                                                                  y una vez más, hacer...

...eternas las once con dos minutos, que no lleguen las doce.

Y si esto no funciona,
                    cuando tu avión vaya a despegar,
                             haré girar la tierra en sentido contrario para que

nunca avance,
 para que sigas aquí,
para que busques más maletas,
 para que corras río arriba,
 para que nades a contra corriente,
 para que rompas los relojes,
                                                                para que

el sol no te alcance,
                         para que las once con cuatro se hagan eternas
                                                                               ...y...
 no lleguen las doce.

Para todos los que se van sin querer irse.

viernes, 19 de octubre de 2012

Hold me

Me gusta creer que tu mano y la mía calzan mejor de lo que lo hacen cualquier otras dos manos (aunque no te lo digo). Ese mismo principio aplica para el resto de nuestros cuerpos, existe, claro la posibilidad de que todas las manos de todas las personas calcen igual, pero soy romántico y pienso que las nuestras no tienen comparación. Pienso, adrede, que tu mano y la mía son dos piezas de un rompecabezas y encajamos como nadie, toda esta ilusión puede que venga de la suavidad de tus manos, diría seda o algodón, pero no sólo eso, es el aroma también, esos aromas amarillos y dulces. Inclusive, la perfecta intensidad de tus caricias podría ser el agente del delirio, no presionan ni empujan, sólo rozan y me dan paz. Así, tus manos y las mías siguen encajando. Ayer, mi mano me confesaba secretos, conversaciones ocultas de mi mano con la tuya: me contó como se persiguen, como juegan a morderse y a entrelazarse , a yuxtaponerse y sobreponerse y me contó como se deja ganar cada vez que hacen lucha de pulgares. Quizá eso me sugestione también, mi mano quiere mucho a la tuya claramente y puede que me haya convencido, como dije antes que encajan como ninguna. Ni hablar de mi cuello, mis brazos y mi espalda, que ahora se niegan rotundamente a ser tocados por otras manos distintas a las tuyas.



lunes, 8 de octubre de 2012

Amaneció


                Este lunes no amaneció de golpe, amaneció silente y con las calles vacías como los espíritus. Se escuchaba a lo lejos la nada y el viento que ondulaba con la parsimonia habitual de los lunes traía consigo decepciones nefastas, sustancia oscura, combustión patria. Se escuchaba como  se resquebrajaban las almas y los ideales, cómo se consumían las energías luchadoras en una unísona y coral explosión silenciosa, que sólo unos venezolanos escucharon, sólo unos, no todos.
                No amaneció de golpe, amaneció de luto, por una bandera con cada vez más fronteras dentro sí, por una bandera ametrallada por mercenarios idealistas, corruptos de oficio y salvajes de vocación. Por una bandera puesta en venta en el mercado de las pulgas, a precios de arroz viejo, de casas enemigas del viento, de techos ideales.
                Confieso, es el peor silencio que he escuchado en mi vida. No como cuando murió mi abuelo, y yo de pequeño escuchaba el sollozo de tíos, primos, de mi propia madre. Esta vez no hay ni sollozo, lo que hay es silencio, lo que hay es ruina. Es el silencio del futuro certero, porque todos saben a dónde vamos a parar, es el silencio carroñero que trepa por las paredes, entra por los resquicios de puertas y ventana llegando a comer el rescoldo de esperanza desparramado sobre parqué.
                No amaneció de golpe, pero cuando aún no se ha deshecho el nudo en mi garganta, cuándo mis ojos aún no se secan por completo después de haber llorado la partida de mi verdadera Venezuela, cuándo los recuerdos de los abusos y las injusticias que he vivido en carne propia regresan a mí sin siquiera haberlos evocado, llega el ingenuo, si cabe llamarlo así, a pedirme tolerancia. Tolerancia ante la ignominia, que le tenga tolerancia a los revólveres que callan palabras de héroes venezolanos en las calles, porque este es el país de los héroes. Un padre que sale a la calle por la mañana a trabajar para mantener a su familia, es un héroe, un héroe sentenciado por el nefasto y azaroso destino de la bala perdida. Tolerancia ante la destrucción, ante la plaga ignorante que como el fuego es capaz de traerse cualquier estructura abajo, tolerancia ante la plaga mercenaria que vende los ideales que ni tiene, ni entiende para apoderar a unos dictadores de poca monta.
                No amaneció de golpe, pero quedó enjaulada mi Venezuela de ensueño, enfrascada en esos efímeros instantes en que mis familiares me cuentan de su juventud, en esas memorias de  mis que hermanas poseen en su haber anecdótico largas caminatas nocturnas de regreso a casa tras la fiesta de  algún amigo. Amaneció de gris aunque soleado, amaneció callado  y ahora se vienen cambios, los débiles no lucharán más y los que sigan luchando serán más oprimidos.
                No amaneció de golpe, amaneció de luto.

domingo, 15 de julio de 2012

Tragicomedia a domicilio



            Lucharse contra ella no se puede, es infalible, indetenible, incansable. Ha encontrado y conservado para sí misma el método científico de siempre tener la razón. Es increíble como esa mina se planta en pié delante de ti cuando le has jurao tener en mano  todas las pruebas de que ha sío ella quien se terminó la mayonesa y con tan solo un par de suspiros, otro de ademanes, un caminar insistente y circular (a veces ovalado) en medio de la cocina refuta todas las pruebas y terminas por quedar confundido y casi convencido, de que fuiste tú (aún cuando no te gusta la mayonesa ) quién cometió el delito de no compartir la porción final del frasco de mayonesa. Era tradición comprar películas para ver los domingos en el sofá que adornaba nuestra sala (de hecho, lo único que había en nuestra sala además de un perro cuya apariencia hubiera parecido normal en The Walking Dead y que decidió un día recoger de las calles) mientras comíamos unas cotufas que aprendí con el tiempo, eran más importantes que las películas. Uno de esos domingos me tocó salir a comprar los quemaditos (nuestra economía no era muy fuerte) de las películas que veríamos y tuve que dejar a la mitad un cuento en el que tenía días trabajando y debía entregar a la revista que lo publicaría al día siguiente, cuando vuelvo me encuentro con que nuestra (su) mascota se había comido y digerido la mitad del escrito y se había cagado encima de la otra mitad que no se comió, llegué como un loco, haciendo volar como frisbees las películas quemadas y gritando (muy seguro de mi mismo):

            SE VA EL PERRO DEL COÑO ESE MARIA GABRIELA O ME VOY YO…

25 minutos después tuve que llamar a Alfonzo para que me ayudara a recoger mi ropa del pasillo del edificio  y me diera el aventón a casa de mi madre.

            Recuerdo cuando aún no vivíamos juntos, mi batalla ante sus distracciones intermitentes y efímeras era constante. Parecía a mi pesar, que cuando salíamos a cenar cualquier cosa que se postrara por encima de mi hombro, ya fuese un cuadro en la pared, un mosquito, o un extraño mesonero en falda que vimos una vez en un pub del centro de la ciudad, era más importante que la conversación ( o el monólogo)  que estábamos (estaba yo) manteniendo. Además, la suerte jugaba siempre de su inocente (malvado) lado, no importaba a donde fuésemos siempre llegaba el imprudente conocido que se cruzaba en nuestro camino en el preciso instante en que me proponía pedirle que nos mudáramos juntos. Era una cosa increíble.

            Un día por fin me le declaré, tras agarrar mucho aire y sucumbir ante los nervios y el síndrome de las manos frías se lo dije “Maria Gabriela del Roble, me gustas, y quiero que nos vayamos a vivir juntos” y entonces, pude ver venir indetenible, ese silencio incómodo que sucede a las pésimas declaraciones amorosas, cuando me percaté,  sus ojos estaban perdidos en el espacio y tras un tristar de mis dedos volvió en sí, volteé para ver qué cosa tan importante había arruinado mi momento y me encontré con que “la puerta del restaurant le parecía muy bonita y oscilante”, empecé entonces a pensar que debía llevarla a un restaurant sin puertas… sin mesoneros, sin gente. Ante sus distracciones y exigentes demandas sociales (por qué a cualquier lugar que fuésemos llegaba algún amigo suyo) tuve que hacerme un plan de combate para vencer la mala (desgraciada) suerte. La invité a subir el Ávila, tomé un par de sillas de playa que mediante un complicado mecanismo ingenieril (dos mecates y un poco de celoven) logré adherir a mi bolso de montaña, una cava con hielo y vino y tras soportar 40 minutos de ella diciéndome si estaba loco, logré llegar al lugar que me había propuesto, pero no sin antes resbalar en una piedra cayendo sobre la tierra y provocando el nefasto desprendimiento de las sillas playeras de mi bolso y las posterior e inevitable caídas de ellas montaña abajo. Traté de ser optimista pensando  que aún me quedaba el vino, pero cuando al fin llegamos al lugar (conmigo cojeando) me percaté que había dejado las copas, y ella, haciendo uso de una de sus mil manías argumentó que no bebería ese vino porque beber de la botella además de poco salubre no era cosa de damas:

            INSALUBRE ES ANDAR ABRAZANDO LOS PERROS PULGOSOS ESOS QUE TE ENCUENTRAS ES LA CALLE

25 minutos después me encontraba solo en el puesto del guardabosques, usando el poco hielo que quedaba en la cava para aminorar el dolor del botellazo (que me dio en el ojo después de decirle lo del perro) mientras observaba abajo en la cota mil como dos de los conocidos clochards de la zona se sentaban en mis sillas de playa.

            La guerra duró unas cientos de horas que se tradujeron en días, tras un par ( diez más o menos ) de intentos de entrar a su casa por la puerta y fracasar, obtuve cortesía de la policía local una orden de caución, 72 horas de arresto y la devolución esparcida de todos los libros y otros regalos que le había dado, tanto fue así, que un día paré en el hospital  porque la edición especial de la Biblioteca Ayacucho de Rayuela fue a parar enterita en mi frente y tuve que usar lentes oscuros por cuatro días. Sumido en el desespero (y el alcohol) a casi las doce de la noche escape ebrio de casa de Alfonzo y corrí como Forrest Gump hasta la puerta de su edificio (diecisiete cuadras después) y armé un escándalo de proporciones universales intercalando versos con incoherencias alcohólicas:

No pretendo ganarte esta guerra desde mi autoproclamado exilio

ni pretendo perderla desde la anhelada cercanía

pero cada segundo que paso sin ti

es un soldado muerto que deja nuestra guerra de los 100 años

una consecuencia invariable

 me he cargao hoy con el fusil de mis versos

 de casco llevo la noche

y voy a dispuesto a aniquilar el silencio con cada uno de mis disparos

y cruzar la brecha que nos separa

En ese momento caí de rodillas sobre la acera ya sin aire para gritar una frase más y seguí mi caída hasta quedar de bruces en el suelo y en el intento de levantarme veo prenderse su luz:

Me gustan tu y el imposible consumar de tus besos

 la irrealizable fantasía de tenernos y la irreductible contradicción de nuestra esencia

Y si me estás escuchando

Quiero que sepas que soy tan loco para creer que te quiero...

 Aunque no quiera yo, aunque no quieras tu....

QUIERO QUE VIVAS CONMIGO

Los vecinos que me arrojaron desde tomates hasta brócoli e incluso la esposa del gordo calvo del piso 3 le grito por la ventana que si no se iba a vivir conmigo lo haría ella, pero que los dejarán dormir, fueron estos abucheos los que por fin hicieron que Maria Gabriela bajara a la calle a recogerme de la acera y subirme a su departamento, en ese momento empecé a perder la conciencia pero alcancé a preguntarle:

-¿Aceptas?

Me miró con unos ojos que no logré descifrar, no entendí si era ternura o lástima

-Claro que acepto, pero el perro pulgoso se viene conmigo…




sábado, 5 de mayo de 2012

Habitación melancolía

Conforme el tiempo avanza indetenible y fatuo, así te voy perdiendo, de manera irreductible, mis manos no se aferran a una construida realidad que me niega tu existencia compartida, pero por otro lado, la realidad alterna (en la que mi anhelo reacciona con el aire y deja de ser utopía para suceder) es susceptible, intocable, como una niebla que al intentar sujetar se desvanece entre mis manos. Y el tiempo pasa y pasa, y en el mar del olvido (de tu olvido) me voy adentrando, mientras tú eres tragada por el mar de mis recuerdos, ese mar que desemboca en una habitación tan llena de vacío, llena de voces, llena de una humedad que sabe a tu perfume, una habitación dónde el tiempo igual pasa empero lo hace más lento, más inclemente, más letal. La habitación melancolía

jueves, 3 de mayo de 2012

Abrazos cortos

Un abrazo debe ser corto. Uno no debe acostumbrarse al aroma que lleva el cabello pues podría extraÑarse luego. Debe ser corto, porque pasados los segundos, ambos (asumiendo que es de dos el abrazo) se preguntarian qué hacer. Debe ser corto y sin embargo las siluestas deben quedar talladas cuerpo a cuerpo y dejar esa sensaciòn de ausencia que dejan las almohadas cuando son alejadas de los rostros que recièn despiertan. Debe ser corto para no satisfacer el deseo inicial del abrazo y querer abrazar de nuevo, porque entre las cosas más tristes de este mundo, estàn los abrazos completos, esos en que dices "fue suficiente" y reina un silencio de vidrio que nadie quiere romper, por diversas razones, o se està muy bien así callado o no quiere nadie (usualmente es así) recoger los vidrios rotos de la ventana del silencio, y así pasa que uno vuela, como un gorrión, hacia su propio reflejo, hacia el abrazo y pam, una onomatopeya anuncia el irremediable quebrar del vidrio y el abrazo largo nos envuelve tiñiendo de tonos grises los arreboles de las nubes. Por eso los abrazos deben ser cortos.

viernes, 27 de abril de 2012

Y me dieron ganas de besarte

Y me dieron ganas de besarte, pero no de darte un beso común y corriente, no, sino uno más bien cargado de nostalgia, cargado de recuerdos, un beso cargado de contacto, de tu sangre y mi sangre corriendo juntas por nuestras venas, de tu boca y mi boca como ventanas del pasado que se abren y se cierran con un aire de presente que no nos llena los pulmones, con unas manos de fuego que nos quemen la piel, las mejillas, los cuellos, que nos queme el alma. Me dieron ganas de besarte los recuerdos, de besarte los errores, de besarte las derrotas, de besarte las sombras, las tinieblas, de besarte la voz y besarte las costumbres. Me dieron ganas de besarte como nunca te he besado, de verte desnuda el alma y besártela también. Pero he tardado mucho en reaccionar y te has bajado del tranvía.