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viernes, 4 de octubre de 2013

Renuncio

                  Ranuncio a subirme a los aviones y  a las escaleras que llevan a la nada y luego dejar el paracaídas en casa cuando salga, porque, ya sabés, todos tenemos esa vieja costumbre de dejar las sombrillas y los paracaídas colgando del perchero al lado de la puerta cuando salimos a vivir.

Rmnuncio,
a leer en voz alta, 
a tomarte de la mano si no hace frío 
y a no frenar en las pendientes. 
Renuncio a renunciar al cinturón de seguridad 
y a la baranda de las escaleras
a los posamanos
y a las barras antiresbalantes de los escalones.
A  colocar el vaso en el borde de la mesa.


                         Ranuncio, a sonreír por nada y a reír por todo, a tomarme el tequila sin la sal ni los limones, a besarte la vodka y a renunciar al pretérito perfecto de tu propia renuncia, al dinosaurio de Monterroso y su pretérito pluscuamperfecto, o quizás a mi propio de dinosaurio, quizás a ti, que te extinguiste bajo una fugaz era de hielo.

Rnnuncio 
a las pantomimas indescifrables de la felicidad instantánea,
a la sabana...
...al viento
a correr sin mirar el mapa. 

Rdnuncio 
a la luz si no viene del interruptor del pasillo, 
a que te adoro, 
a la palabra estupenda, 
al diccionario de tonterías.

Ranuncio a desmenuzar los recuerdos futuros que se murieron ahogados a mitad del primer suspiro y a preguntar luego de los disparos, a descubrir las Américas, a declararme patriota de naciones que no existen,a lo sublime, a los duraznos, a los inviernos de verano, a los latidos ajenos. 

Renuncio.

miércoles, 2 de octubre de 2013

Preguntas tontas.

He, de manera racurrente y casi incesante, pensado mucho en ti hoy. En vano me deshice de tu contacto, siendo tonto, creyendo que basta borrar de una agenda lo que está perfectamente escrito dentro de tu cabeza, pero eso es parte de la inocencia inherente al olvido. Por eso, he framasado en mi promesa de no volver. Me pregunté muchas veces, ¿será que ella está pensando en mi también? Y cuando caminaba por la plaza, nos vi besarnos sentados, tu de espaldas a mi y luego corriendo deprisa para que no te dejara el bus, y me pregunté ¿será que ella también nos ve?
 Y quise preguntarte cómo te va, y esperarte para comer. No tanto como el ser acostumbrado, ese que actúa bajo los efectos de la inerte rutina, sino como ese qua quiere acostumbrarse a. Y me pregunte, ¿a ella le habrá pasado lo mismo?.

En vano también, -como el día en que te conocí, o màs bien, que nos vimos por primera vez- traté de buscarte con la mirada por todos lados, sienpre alerta, siempre examinando, ojos y oidos despiertos por si la casualidad apremiaba una vez más. Y como en todos los casos anteriores, me pregunté ¿será que ella me busca también? Y a ratos desee retroceder, y vivir una pausa sempiterna, vivir un paralelismo lleno de ti donde solo importa que te adoro, donde solo importa que nuestros labios se muerden, y que nuestras pieles se erizan de miradas y suspiros, no como en la fatua dealidad, donde un sinfin de factores grises nos destiñen los colores de las miradas y nos alebrestan los vientos. Y me pregunté ¿será que ella quiere retroceder y pausar? Y caigo, de nuevo, en la vanidad de los intentos. Pues ni las pausas son perennes ni conozco aun el primer reloj que camine en una dirección que no sea hacia adelante.Pero, ¿para qué quiere uno relojes si no importa el tiempo? Si contigo el reloj se desarmaba, era cuando mucho, poco uniforme el andar; cuando coincidiamos largas horas se nos rasumian en segundos intangibles casi y en cambio, al dejar de respirar tu mismo aire, de palparte, y estar, al otro lado de la ciudad, el reloj se dilataba, se hacia pesado y los segundos parecían horas. Y entonces, me pregunté ¿cómo habrá pasado su tiempo hoy, cómo horas de segundos o cómo segundos de horas?
 Y así se me fue el día. En horas de segundos. En plazas. En besos. En multitudes. En ficciones. En preguntas tontas.
 Nisiquiera tuve la suerte de no saberme tu dirección para no enviarte esta carta, que para colmo, sólo la vi una vez, sin vislumbrarla mucho. Simplemente estaba allí, en el inconsciente donde usualmente todo se me hace inalcanzable. Excepto esta vez.

El estado del tiempo.



                Con un cielo brillante, diáfano, despejado y prometedor coincidimos bajo la más improbables de las casualidades; dos almas aparentemente condenadas al triste de destino de las rectas paralelas se vieron de pronto, bajo el efecto inexplicable de uno, o de muchos azares, ligeramente inclinadas hasta el que, siN más remedio, no les quedó de otras sino encontrarse; y sonreírse, encantarse y dejarse llevar por el tierno juego de la casualidad y la probabilidad, de lo imposible hecho materia. El sol, cargado de utopías, de rayos ultra-ilusionados, colisionaba con tu rostro y con tus ojos que brillaban desnudos por el cielo despejado. La brisa no excedía ese punto de perfecta y extraña calidez en cuanto a fortaleza y temperatura se refiere; tenía la aceleración exacta para hacer correr por todos los vientos tu cabello tostado por el sol, tu cabello de Almíbar, de albaricoque, y tenía la frescura precisa, puntual, y necesaria para que sintieses frío y te bastaran sólo mis brazos, en todo el mundo, para devolverte el calor. Era una hermosa primavera, lo supe además de por todo lo anterior, por tu piel durazno, por tu dulce corteza y el amarillo de tus ojos… pero el tiempo ha cambiado, mis frentes fríos, gélidos, helados, de locura, se encontraron inevitablemente con la calidez de tus Dudas, de tus miedos, y sucumbimos –vos y yo- insalvables a los vientos huracanados e indetenibles que Más pronto que tarde separaron nuestras bocas que apenas comenzaban a conocerse, perfilarse, sentirse; a nuestros cuerpos que no hacía mucho se descubrían, se respiraban, y que como piezas de rompecabezas –vos sabés, esos que venden en las librerías- encajaban perfectamente. Y así, mi reciente ubicuidad inexorablemente atada a vos, se empezó a desvanecer y a diluir, como se diluyó la dulzura de tus mejillas doradas entre las envolventes gotas de lluvia, de lágrimas. De pronto los ojos rayados por el sol se llenaron de orvallos,  chubascos, relámpagos y yo con mis truenos rompí los recién descubiertos cristales que con tanto esfuerzo –en tan poco tiempo- quise preservar intactos. Ahora nos –me- quedan las lluvias, la soledad del trueno, del rayo, y la inminente sensación helada de la tormenta. Y vos… pues… vos estás ya bajo otros soles, otros azares, a la espera de un nuevo estado del tiempo… sin mis truenos, mis relámpagos, y sin tus chubascos… atrapada quizá en el pretérito imperfecto de nuestro amor. En días como estos, el climA, cambia tan fugazmente de cielos despejados y rayos amarillos a tormentosas nubes grises en tan pocos segundos, que uno ya no sabe si es invierno o primavera; llevo entonces, entre mis utensilios más básicos, el paraguas. Aunque esta vez esté esperando la oportunidad de cerrarlo, y no de abrirlo.