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miércoles, 2 de octubre de 2013

El estado del tiempo.



                Con un cielo brillante, diáfano, despejado y prometedor coincidimos bajo la más improbables de las casualidades; dos almas aparentemente condenadas al triste de destino de las rectas paralelas se vieron de pronto, bajo el efecto inexplicable de uno, o de muchos azares, ligeramente inclinadas hasta el que, siN más remedio, no les quedó de otras sino encontrarse; y sonreírse, encantarse y dejarse llevar por el tierno juego de la casualidad y la probabilidad, de lo imposible hecho materia. El sol, cargado de utopías, de rayos ultra-ilusionados, colisionaba con tu rostro y con tus ojos que brillaban desnudos por el cielo despejado. La brisa no excedía ese punto de perfecta y extraña calidez en cuanto a fortaleza y temperatura se refiere; tenía la aceleración exacta para hacer correr por todos los vientos tu cabello tostado por el sol, tu cabello de Almíbar, de albaricoque, y tenía la frescura precisa, puntual, y necesaria para que sintieses frío y te bastaran sólo mis brazos, en todo el mundo, para devolverte el calor. Era una hermosa primavera, lo supe además de por todo lo anterior, por tu piel durazno, por tu dulce corteza y el amarillo de tus ojos… pero el tiempo ha cambiado, mis frentes fríos, gélidos, helados, de locura, se encontraron inevitablemente con la calidez de tus Dudas, de tus miedos, y sucumbimos –vos y yo- insalvables a los vientos huracanados e indetenibles que Más pronto que tarde separaron nuestras bocas que apenas comenzaban a conocerse, perfilarse, sentirse; a nuestros cuerpos que no hacía mucho se descubrían, se respiraban, y que como piezas de rompecabezas –vos sabés, esos que venden en las librerías- encajaban perfectamente. Y así, mi reciente ubicuidad inexorablemente atada a vos, se empezó a desvanecer y a diluir, como se diluyó la dulzura de tus mejillas doradas entre las envolventes gotas de lluvia, de lágrimas. De pronto los ojos rayados por el sol se llenaron de orvallos,  chubascos, relámpagos y yo con mis truenos rompí los recién descubiertos cristales que con tanto esfuerzo –en tan poco tiempo- quise preservar intactos. Ahora nos –me- quedan las lluvias, la soledad del trueno, del rayo, y la inminente sensación helada de la tormenta. Y vos… pues… vos estás ya bajo otros soles, otros azares, a la espera de un nuevo estado del tiempo… sin mis truenos, mis relámpagos, y sin tus chubascos… atrapada quizá en el pretérito imperfecto de nuestro amor. En días como estos, el climA, cambia tan fugazmente de cielos despejados y rayos amarillos a tormentosas nubes grises en tan pocos segundos, que uno ya no sabe si es invierno o primavera; llevo entonces, entre mis utensilios más básicos, el paraguas. Aunque esta vez esté esperando la oportunidad de cerrarlo, y no de abrirlo. 

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