Millones de visitas

¿Tienes cuenta de twitter? !Sígueme!

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Serendipia

Las únicas conciencias en aquella habitación enfriada por el aire de la noche  eran las nuestras, la de ella y la mía. Estábamos  solos, silentes, inertes. Con una obscuridad que entraba por las ventanas pero que era desgarrada por el amarillo fulgor de las lámparas cuyos cristales impedían el libre paso de la luz y desparramaban sombras inmóviles sobre las paredes amarillas. Miré el reloj, el segundero se movía imparable, “tic... toc... tic… toc…” empero el minutero yacía congelado, vuelta tras vuelta tras vuelta “Se detuvo la noche” dije , y ahí estaba ella, a mi lado, detenida con el tiempo, sentada sobre los muebles ocres, congelada pero viva, podía escuchar la sangre apresurarse entre sus venas y el estallido en su pecho proveniente de su corazón dándole paso a la vida. 
La recién conocía, tenía una piel tostada, tersa. Unos ojos marrones que a momentos se enredaban con el negro azabache de su lacio cabello, se volvían negros y grandes como un eclipse de luna en una noche despejada, no había una sola nube entre nosotros tan osada como para impedir que la admirara, que la escuchase latir, vivir. Sus manos eran delicadas “hechas por Dios para acariciar” pensé, lo mismo todas sus líneas, sus curvas, como si la realidad se hubiese convertido en un lienzo que desde otro universo un artista con pincel en ristre dibujaba, o no, quizá estaba allí tallada a la medida de las circunstancias, una obra de arte que varía con el tiempo y con los ojos que la ven y con el universo en el que exista.
Sentí algo en mi pecho, no sé en qué lugar exactamente, sólo puedo decir que es un lugar que estaba vacío y de pronto empezó a llenarse apresuradamente, sentí un  peso de inmediato dentro de el, una imperante fuerza que me comandaba a decir los versos más hermosos y más delicados que pudiese, una oda a aquellos ojos negros, una canción a aquella dulce voz, fue ahí donde un fuerte estrépito sacudió la habitación y realicé que el tiempo volvía a marchar, giré la cabeza hacia la ventana enmarcada en madera y ya un crepúsculo tenue despuntaba, esa débil luz de madrugada que lograba colarse tras el horizonte hasta nuestra realidad irrumpía a través de las negras rejas de la ventana proyectando en su marco las figuras con que se había fundido el metal.
No había necesidad de pensar porque todo debía suceder así, estoy seguro. Aquel pintor desde otro universo dónde nuestros alter egos tomaron decisiones diferentes a las nuestras seguro nos observaba a lo lejos.Viendo poco a poco como nuestras realidades colisionaban, mi existencia y la de ella acercándose como dos trenes que viajan en sentido opuesto, acechándose la una a la otra, atrayéndose, cada uno a su vez cabalgando cada vez más cerca de nuestra línea ideal de vida, pisando sobre nuestro perfecto destino y circunstancialmente coincidente para finalizar en una gran explosión, en mi corazón trepidante y acelerado y ansioso por salir de mi tórax y hambriento y vacio y lleno y latiente y detenido y todo para dar lugar a aquel encuentro en que nuestras palabras viajaban en el aire como peces y al cruzarse se conciliaban, se ataban, se enamoraban, y luego se esfumaban a quien sabe dónde, en que nuestras razones de ser y nuestros mundos se hicieron tan pequeñas como aquella habitación donde en una de las esquinas una guitarra lloraba de soledad, donde un chico se atrevió a escribirle una oda a lo observado, a lo imposible, donde una bella mujer dudó, en que de momento lo único que importaba era nada, porque todo estaba lleno de detalles, y los detalles son todo y no son nada, y el artista observaba desde aquel universo dónde yo la tenía, o quizá el artista era yo pintando la realidad, pintándome a mí mismo y soñando con ella, o quizá no haya otro universo y esto es lo que tengo, y no la tengo a ella, y no hay lienzo, no hay pincel, no hay guitarra, no hay corazones que gritan, no hay vacíos que se llenan, donde hay poco porque hay pocos detalles. Quizá coincidimos muy lejos de nuestro destino, quizá, quizá o quizá no, quizá todo salió mal y por eso él, que soy yo me pinta, nos pinta, para darle un final distinto o quizá, quizá todo salió bien allá y dentro de poco tomaré un pincel y los pintaré a ellos, a lo lejos, coincidiendo una noche donde el tiempo se detuvo y siguió luego su andar, o quizá, quizá no te tengo aquí, no te tengo allá, porque quizá no hay otro universo, quizá, quizá, quizá.

En todo caso, en esta realidad o en la otra, sobre mi destino o fuera de él, para mí, fue una serendipia.

Las diez y dos

Está todo tan callado que puedo escuchar mi propia respiración. Está todo tan quieto y tan calmado que siento las vibraciones de esa desconocida taquicardia que me da por las noches recorrer mi pecho y trepar por mi garganta. Son las diez, aún siento el fresco del baño de agua fría por el cuerpo. Escucho, apenas escucho la música que dejé puesta en la radio. No está lo suficientemente alta como para romper la paz, al contrario, parece estar en sincronía con el silencio porque es sólo un susurro, pero la cadencia de ese susurro, la delata. Es una canción de amor. Mi mirada está fija, ahí, en el techo blanco. Aunque me ciega la luz amarilla de la bombilla no me muevo. Enciendo un cigarrillo. Inhalo. Siento en el pecho ansiedad, una gran y amarga ansiedad, de esa ansiedad que no sabemos cómo curar. Siquiera sabemos porque nos da. Exhalo. Puede ser, por ejemplo, la típica sensación de culpa que sucede a la autosatisfacción, esa que termina por convertirla en autoflagelación más bien. Quizá sea eso. Quizá sea que te extraño y la maldita canción de amor suena en el fondo. Esto último es más una costumbre. Quizá sea que siento mi mente bloqueada, cerrada. Como rodeado de una existencia acuosa, y me convierto en una piedra, que no importa cuánto tiempo esté sumergida en la realidad, está seca por dentro. Puede que sea eso. Más bien, es cómo si el tiempo se hubiese detenido. Mi tiempo al menos, no el del resto del mundo.  ¡Ya sé! El tiempo sigue andando. Inhalo. Lo sé por el humo del cigarro. Ahí está, luciendo una falsa densidad. Dibujando figuras macabras. Eso y mi taquicardia. Exhalo. Quedé atrapado, sí. Estoy en un lugar entre la realidad y lo que sea que sigue después. Creo que esto, no soy más que yo observándome a mí mismo desde ese lugar remoto –quizá me fui al olvido un rato, ¡no! Está muy sólo-, mi cuerpo claro, sigue donde debe estar. Yo me observo y pienso: “Estoy fumando, inhalo y exhalo. Siento ansiedad y no sé porqué”, y su a vez, me veo verme y me veo pensar “Estoy fumando, inhalo y exhalo. Siento ansiedad y no sé porqué”. Como si me viera verme en un espejo y me repitiera infinitas veces, atrapado. Inhalo. El reloj da las diez con diez. Pienso que diez minutos conmigo mismo ha sido demasiado tiempo. Exhalo. Extendí mi mano para buscarte. No encontré nada. Debí olvidar, entre espejos y espejos que no estabas. Desperté. Soñaba. Sentí alivio. Eran las diez y dos. La colilla expedía inerte en el cenicero sus últimas danzas.  Extendí mi mano para buscarte. No encontré nada. La canción sigue ahí.