Las únicas conciencias en aquella habitación enfriada por el aire de la noche eran las nuestras, la de ella y la mía. Estábamos solos, silentes, inertes. Con una obscuridad que entraba por las ventanas pero que era desgarrada por el amarillo fulgor de las lámparas cuyos cristales impedían el libre paso de la luz y desparramaban sombras inmóviles sobre las paredes amarillas. Miré el reloj, el segundero se movía imparable, “tic... toc... tic… toc…” empero el minutero yacía congelado, vuelta tras vuelta tras vuelta “Se detuvo la noche” dije , y ahí estaba ella, a mi lado, detenida con el tiempo, sentada sobre los muebles ocres, congelada pero viva, podía escuchar la sangre apresurarse entre sus venas y el estallido en su pecho proveniente de su corazón dándole paso a la vida.
La recién conocía, tenía una piel tostada, tersa. Unos ojos marrones que a momentos se enredaban con el negro azabache de su lacio cabello, se volvían negros y grandes como un eclipse de luna en una noche despejada, no había una sola nube entre nosotros tan osada como para impedir que la admirara, que la escuchase latir, vivir. Sus manos eran delicadas “hechas por Dios para acariciar” pensé, lo mismo todas sus líneas, sus curvas, como si la realidad se hubiese convertido en un lienzo que desde otro universo un artista con pincel en ristre dibujaba, o no, quizá estaba allí tallada a la medida de las circunstancias, una obra de arte que varía con el tiempo y con los ojos que la ven y con el universo en el que exista.
Sentí algo en mi pecho, no sé en qué lugar exactamente, sólo puedo decir que es un lugar que estaba vacío y de pronto empezó a llenarse apresuradamente, sentí un peso de inmediato dentro de el, una imperante fuerza que me comandaba a decir los versos más hermosos y más delicados que pudiese, una oda a aquellos ojos negros, una canción a aquella dulce voz, fue ahí donde un fuerte estrépito sacudió la habitación y realicé que el tiempo volvía a marchar, giré la cabeza hacia la ventana enmarcada en madera y ya un crepúsculo tenue despuntaba, esa débil luz de madrugada que lograba colarse tras el horizonte hasta nuestra realidad irrumpía a través de las negras rejas de la ventana proyectando en su marco las figuras con que se había fundido el metal.
No había necesidad de pensar porque todo debía suceder así, estoy seguro. Aquel pintor desde otro universo dónde nuestros alter egos tomaron decisiones diferentes a las nuestras seguro nos observaba a lo lejos.Viendo poco a poco como nuestras realidades colisionaban, mi existencia y la de ella acercándose como dos trenes que viajan en sentido opuesto, acechándose la una a la otra, atrayéndose, cada uno a su vez cabalgando cada vez más cerca de nuestra línea ideal de vida, pisando sobre nuestro perfecto destino y circunstancialmente coincidente para finalizar en una gran explosión, en mi corazón trepidante y acelerado y ansioso por salir de mi tórax y hambriento y vacio y lleno y latiente y detenido y todo para dar lugar a aquel encuentro en que nuestras palabras viajaban en el aire como peces y al cruzarse se conciliaban, se ataban, se enamoraban, y luego se esfumaban a quien sabe dónde, en que nuestras razones de ser y nuestros mundos se hicieron tan pequeñas como aquella habitación donde en una de las esquinas una guitarra lloraba de soledad, donde un chico se atrevió a escribirle una oda a lo observado, a lo imposible, donde una bella mujer dudó, en que de momento lo único que importaba era nada, porque todo estaba lleno de detalles, y los detalles son todo y no son nada, y el artista observaba desde aquel universo dónde yo la tenía, o quizá el artista era yo pintando la realidad, pintándome a mí mismo y soñando con ella, o quizá no haya otro universo y esto es lo que tengo, y no la tengo a ella, y no hay lienzo, no hay pincel, no hay guitarra, no hay corazones que gritan, no hay vacíos que se llenan, donde hay poco porque hay pocos detalles. Quizá coincidimos muy lejos de nuestro destino, quizá, quizá o quizá no, quizá todo salió mal y por eso él, que soy yo me pinta, nos pinta, para darle un final distinto o quizá, quizá todo salió bien allá y dentro de poco tomaré un pincel y los pintaré a ellos, a lo lejos, coincidiendo una noche donde el tiempo se detuvo y siguió luego su andar, o quizá, quizá no te tengo aquí, no te tengo allá, porque quizá no hay otro universo, quizá, quizá, quizá.
En todo caso, en esta realidad o en la otra, sobre mi destino o fuera de él, para mí, fue una serendipia.
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