La sombra escondida en la esquina, tras los olvidados muebles, se achica y se agranda sujeta al deseo caprichoso de la luz, que va y que viene, que viene y que va, y se escuchan los crujires clandestinos y misteriosos en las sombras, clamores temerosos proveniente desde la profunda oscuridad en la esquina abandonada de la habitación, y cruzan los haces de luz desesperados los kilómetros de sala hueca a darse lucha secular, perenne e infinita, con cada molécula de oscuridad, cada necia partícula de oscuro que se aliena para sobrevivir… Cada claro, cada oscuro, cada tenue claroscuro sobrevive a la magnífica batalla, a los relámpagos danzantes, y las criaturas oscuras, transfiguradas en monstruos de ojos achinados, de a momentos florecen y salen a la luz a quemarse la piel, la remera, los párpados y el alma, a estrellarse en las ventanas como lluvia, a habitar los jarrones sin flores y las alfombras sin huellas, a morir iluminados y ciegos parados última y definitivamente sobre su propia sombra.
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