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lunes, 14 de julio de 2014

Entre el alma y el hambre


José Henrique García





“Evitar que naufrague su corazón de barco”
Armando Tejada Gómez





Ese día salí más temprano del trabajo, apenas alcancé la puerta me desabotoné ligeramente la camisa de fuerza, la que me asfixia a diario en horario de oficina, estaba un poco sofocado por la rutina. Abrí camino hacia el bulevar que casi a toda hora está concurrido y lleno de rostros apurados. Cuando uno atraviesa el bulevar es difícil saber si se va hacia atrás o hacia adelante, viene gente de todas las direcciones y sentidos, no hay derecha ni izquierda, simplemente somos todos caminantes, caraqueños, no hay ida, no hay vuelta, solo una inercia gigante de una multitud en movimiento que no se detiene por nada. Era temprano, así que cuando entré a la estación del metro no había mucha gente, me ubiqué en las escaleras eléctricas y sin el apuro habitual, gracias a que salí antes de la oficina, me dejé llevar por el taconeo metálico de las escaleras. Mientras me dejaba descender iba repasando en mi memoria los problemas de ayer, de hoy y posiblemente los de mañana, de manera asombrosa siempre me alcanzaba el trayecto para generarme una o dos fantasías que me diesen un poco de fuerza para sobrevivir el ceniciento viaje de regreso, me ficcionaba en un mejor trabajo, o con un ascenso, viviendo en otro lado, me ficcionaba sin la prisa de las facturas y el quinceyúltimo, pero todo eso se acaba luego con el impacto final que daban las escaleras al terminar su recorrido. Pero la ficción subterránea no es solo cosa mía, el metro es un sitio donde a diario la imaginación de muchos caraqueños vuela como medio para llevar a la mesa un trozo de pan caliente, en otras palabras, los carajos se inventan para sobrevivir; como no les gusta trabajar inventan cuentos chinos para sacarle un par de billetes a los que sí lo hacen, pero muchas veces todo es mentira, y esto se ha vuelto diario en ese laberinto subterráneo, es como un juego dónde el pasajero se resiste a dejarse convencer por el pedigüeño de turno aunque a veces no hay resistencia alguna, sino la paradójica mansa costumbre de que al que está pidiendo hay que darle para el pábulo. 



La estación de metro queda a unos pocos pasos del sitio dónde trabajo, así que suelo usarla a la misma hora cada día y reconozco a algunos de estos actores, muchas veces son los mismos rostros con diferentes personalidades. El lunes, por ejemplo, estaba la señora llorando por la enfermedad de su hijo a quién, por falta de dinero y de medicinas, no podía darle tratamiento, y el martes, esta misma señora era la madre de un inocente caraqueño atravesado de lado a lado por unas balas imprudentes, víctima de la mala suerte y la casualidad. Cosa que seamos francos, no es nada imposible, si hay algo que abunda en esta ciudad es la escasez y las balas ebrias, el plomo pues, tropezándose por allí con cuanto intestino mal ubicado se encuentre. Por otro lado, estaba el joven muchacho de la larga cabellera que tuvo sida la semana pasada, esta semana tiene diabetes y recuerdo haberlo escuchado diciendo que lo habían robado y necesitaba volver a Valencia, su hogar, en otra oportunidad. Infinidades de historias y de personajes con las que cualquier caraqueño subido al metro podría verse reflejado. Los vagones se convierten en una suerte de tablado, de teatro, en el escenario de múltiples representaciones a cambio de “lo que Dios ponga en su corazón”, porque eso es lo otro: para colmo meten a Dios en el peo.




Como con muchas otras cosas en este país, ya perdí la capacidad de asombro, y es que de bolas, si a cada momento escuchamos las mismas cosas, ya lo que queda es no sorprenderse; de paso estoy cansado de ver cómo los actores se cambian las máscaras día tras día pero siempre son las mismas voces. Confieso, que he llegado al punto en que si alguna vez aflojo el sencillo que llevo en el bolsillo de la chaqueta es porque sin duda el performance fue magnífico, tremendo. Y de verdad pasa, a algunos actores la vaina les sale del carajo y casi termino sintiendo dolor por el hijo que no existe o las balas que no salieron nunca del cañón.




Seguí mi recorrido desde las escaleras, pasando por los torniquetes hasta que finalmente llegué abajo, al andén. Estaba parado a unos pocos centímetros de la famosa línea amarilla, esa que no puedes cruzar para que no se te someta al escarnio público de los altavoces. Traspasarla significa una violación a las leyes y te hace merecedor de un llamado de atención que te pone en evidencia ante la multitud. Igual a la gente no le interesa, digo, aquí uno camina y ve algún atraco, un muerto, o lee el periódico y ve que el Ministro Buenapanza se robó no sé cuantos reales del Estado y nos parece normal, qué coño importa que un pendejo se pase la línea amarilla. Ah, excepto cuando ese pendejo se lanza a las vías y el metro lo vuelve nada, ahí sí importa porque todos llegamos tarde a casa y la vaina se vuelve un culo, pero mientras no nos joda, si el tipo quiere correr en la línea amarilla y hacer salto ornamental en ella ese es su peo, lo mismo pasa con el fulano Buenapanza, si no se roba nuestro sueldo…




Finalmente empecé a sentir la ráfaga de viento empujado por el tren que ya se empezaba a escuchar a lo lejos, y cuya luz fue poco a poco despuntando al final del túnel, acercándose cada vez más el galope del roce entre la máquina y los rieles, acercándose y reduciéndose, hasta que con precisión matemática dio el último suspiro y clavó definitivamente los frenos con la puerta delante de mí. Había muy pocos puestos ocupados y como estaba vacío el vagón el aire acondicionado funcionaba mejor, estaba bastante fresco y me senté a mitad de camino entre puerta y puerta. Un par de estaciones después vi a lo lejos a un muchacho que presumí tenía intenciones de subirse al tablado e iniciar la función, pero a medida que se vino acercando empecé a dudar muchísimo. En mi percepción lejana pensé “un muchacho”, pero a medida que se fue acercando fui simpatizando con su imagen y luego de muchacho pensé “es un niño”, y luego de niño pensé “es un chamito”. Creo que no tendría ni doce años todavía, la piel se le veía curtida como quien ha tomado muchas siestas en el helado pavimento, como quién ha pasado muchas noches a la intemperie, el cabello hirsuto, oscuro, las manos duras, con cicatrices, llevaba unos zapatos que apenas separarían la planta de su pie del piso dónde la piel constantemente se besa con el pavimento, unos zapatos para vivir la vida de cerquita, los zapatos de alguien que ha caminado mucho o que más bien, se ha pasado la vida huyendo. Y con toda esta dureza, todo lo pétreo de la calle dibujado en él, en sus manos, en sus cicatrices, con toda esa murria ensañada en colgar de su cuello, de su cuerpo, ese cuerpo que representaba su existencia terrenal, aún podía verse algún atisbo de inocencia en sus ojos, o así me pareció, algo que cuando menos era inefable . Iba caminando de puesto en puesto repartiendo estampitas de Jesús que al reverso traían una oración: para el desesperado, para el enfermo, para el inseguro; me pregunto si habría entre esas tantas plegarias una dirigida a los niños de la calle, sin pan ni techo, seguramente no, qué mierda tener que salir a ganarse el pan a base de un Dios que hace rato se olvidó de uno. El chamito iba, con su paca de estampitas en la mano colocándolas de a una en una en las rodillas de los pasajeros, siempre mirando al suelo con la mirada perdida de a quién Dios se le ha escondido, nunca haciendo contacto visual con los posibles clientes, un acto verdaderamente admirable, imagino que no quería restringir la venta a la lástima o a la compasión sino simplemente a la fe o a la potencia de la oración, la verdad no sé. Capaz el sardónico azar, sus días aciagos o el destino ciego con todos sus infranqueables muros de hambre y frío aún no había logrado derrotar su timidez de niño..




Dejó en mi rodilla una estampita, tal cual como lo hizo con todos los demás hasta que recorrió el vagón por completo, siempre sin hablar, quizá porque no supiera hacerlo o quizá porque en su inocencia pueril aún no desfigurada por la inclemente realidad simplemente no tenía nada sincero que decir, el negocio era sencillo: por unos varios bolívares podías llevarte a casa un poco de fe. No había trucos, no había historias y en ese momento no hizo falta siquiera levantar el telón. Tenía en mi bolsillo un llavero que varios cumpleaños atrás me habían regalado, era un pequeño carrito de metal cuyas ruedas rodaban de verdad y lo saqué, lo sostuve entre mis manos mirándolo fijamente como con hambre, como renunciando poco a poco a él, a él que significaba un trozo pequeño de la poca niñez que sobrevivió en mi a través de los años, de los problemas, del trabajo y de la incoherente vida adulta. Ese llavero que día a día paseaba de mi mano a mi bolsillo siempre como algo anodino y olvidado de pronto cobró una trascendentalidad maravillosa. Lo saqué de la argolla del llavero, se conservaba aún bastante nuevo considerando los años que tenía. Lo coloqué en mi rodilla izquierda, y en la otra rodilla puse un billete con la cara demacrada de Simón Rodríguez que superaba por mucho el costo de la estampita que conservaba en mi mano. El chamito emprendió su viaje de vuelta recogiendo las estampitas o canjeando por dinero las que resultaron vendidas, siempre viendo hacia abajo con la murria bien sujetada al cuello colgando sobre su pecho, siempre en silencio, concentrado, hasta que de pronto se encontró conmigo y su semblante cambió de golpe. Me miró confundido y con sus ojos opacos y marrones trianguló su mirada entre mis ojos, el billete, el carrito, como quién está contra la espada y la pared, entre el alma y el hambre. Dejó de mirarme y sus ojos empezaron a debatirse entre el verdor del billete que representaba unas varias estampillas, la incoherencia de su forzosa vida adulta, y aquel carrito metálico que era pan caliente para su pequeña alma de niñez desahuciada. Vacilaba pensando cuál de aquellas antípodas llevarse consigo. Nos estábamos acercando a la próxima estación y finalmente tomó una decisión: tomó el billete.



*Nueve Reinas - Película argentina.

Lo vi caminar directo a la puerta y plantarse delante de ella sin sujetarse a nada cuando el metro dio el frenazo final, pero volteó, volteó como quién mira hacia atrás y se arrepiente, volteó y me miró y vi como sus ojos se llenaron de brillo, de fábulas, de sustancias coloridas, de niñez robada, y en un intento por impedir que su corazón de barco naufragase, tomé el carrito aún en mi rodilla y con un gesto lo extendí hacia él, quién de inmediato corrió incrédulo y tan feliz como nunca había visto a nadie, lo tomó de mi mano y tras el pitido final del metro atravesó la puerta que se cerraba y desapareció entre la gente.




No era un actor, era como yo, otro simple espectador.







*Escena de la película argentina "Nueve Reinas", dirigida por Fabian Bielinsky en la cuál me inspiré para escribir el cuento.

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