Después de la guerra
quedan fronteras agujereadas
ciudades o más bien habitaciones destruidas
Le toca a una imposible diplomacia derogar gritos de auxilio
reconstruir de a poco las ciudadelas enemigas
desprender la otra bandera de los propios himnos
expulsar su rastro de todos los ministerios
Intercambiarse los muertos
los heridos
los libros prestados
olvidar las canciones de soldados asustados
Quedan las liturgias
el armisticio
la renuncia
rematar a algún herido sin remedio
enviarlo a casa envuelto en solemnidades inútiles
Queda encontrarse balas perdidas en el desayuno
entre el azúcar y los cereales
utilizar
los cascos ensangrentados de los hombres mosca
para sembrar golondrinas
Queda darle
una moneda de oro saqueado
al Caronte de la barcaza del olvido
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